CUADERNOS DIGITALES:  PUBLICACIÓN ELECTRÓNICA EN HISTORIA, ARCHIVÍSTICA Y ESTUDIOS SOCIALES.

NO.3.  SETIEMBRE DEL 2000.  UNIVERSIDAD DE COSTA RICA 

ESCUELA DE HISTORIA. 

 

De la historia local a la historia social.

Algunas notas metodológicas  [1]  

Iván Molina Jiménez
Investigador Escuela de Historia
Universidad de Costa Rica
Correo electrónico: ivanm@cariari.ucr.ac.cr

 

El propósito de este artículo es contextualizar brevemente los trabajos de historia local, analizar los distintos enfoques que existen al respecto y discutir algunos de los problemas básicos que enfrentan los estudiantes de historia (a nivel de Licenciatura y Maestría) al tratar de construir una historia social a partir de lo local. Sin pretender ser originales o exhaustivas, las notas siguientes están concebidas como un apoyo para la docencia (en Historia, aunque también podrían ser útiles para otras disciplinas sociales), en particular para los talleres en los cuales los estudiantes preparan sus proyectos de investigación.

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1. De las monografías a la microhistoria

 

En cierto sentido, la historia local tiene sus antecedentes en las monografías históricas que estuvieron de moda principalmente durante el siglo XIX. El análisis de casos individuales, muy circunscritos geográficamente, se veía como el paso previo e indispensable para efectuar, en un futuro impreciso, la gran síntesis del conocimiento acumulado. Esta última, sin embargo, jamás se realizó, por lo que todo el esfuerzo desplegado (en su mayoría por aficionados, anticuarios y otras figuras de esta índole) deparó únicamente trabajos individuales, descriptivos y sin relación entre sí.

La renovación historiográfica acaecida en el siglo XX procuró superar esta inclinación a la monografía mediante diversos expedientes: el uso del método comparativo, la adecuada contextualización de los casos individuales (en términos a la vez teóricos e históricos) y el énfasis en una narrativa analítica más que descriptiva. En su conjunto, los historiadores  ampliaron los períodos y espacios bajo análisis, se concentraron en el estudio de las estructuras y los procesos y, mediante el uso de diversos métodos cuantitativos, avanzaron en la identificación de tendencias (económicas, sociales y de otro tipo).

Las limitaciones de esta nueva forma de analizar el pasado empezaron a ser evidentes a fines de la década de 1960: por un lado, el acento en las estructuras y procesos globales, examinados usualmente a partir de datos estadísticos, tendía a despersonalizar la historia, en tanto experiencia vivida por actores sociales diferenciados. Por otro, el interés en las "realidades duras" (economía, demografía, conflictos sociales, entre otras), para las cuales existían fuentes "confiables" (precios o censos, por ejemplo), supuso dejar de lado el estudio de lo imaginario, en particular de su dimensión simbólica.

La reacción contra este modelo, que adquirió fuerza en la década de 1970, fue calificada por Lawrence Stone como una vuelta a la historia narrativa; sin embargo, fue más que eso. El desarrollo de la historia de las mentalidades en Francia, de la historia social marxista en Inglaterra, de la microhistoria en Italia y de la antropología histórica en los Estados Unidos comportó un importante cambio de énfasis y perspectivas. El examen de casos, comúnmente muy delimitados en términos geográficos y temporales, pero insertos en un contexto teórico e histórico mucho más amplio, permitía articular en un estudio de conjunto los niveles macro y micro.

El atractivo de este tipo de trabajos era variado: por una parte, permitían analizar con detalle ciertos procesos sociales, aplicar el método comparativo con mayor provecho, someter a una crítica más rigurosa las relaciones de causalidad propuestas, apreciar mejor las limitaciones de las fuentes y considerar, en toda su complejidad, las relaciones entre factores de distinto tipo (económicos, sociales, mentales). De esta manera, se abrió un espacio importante para articular lo individual y lo social, los procesos globales y las experiencias específicas de distintos actores sociales.

Los estudios citados tenían, por otra parte, el atractivo de que acercaban el conocimiento histórico a la vida cotidiana de las personas. Esta proximidad fue la base, por ejemplo, de los éxitos editoriales de obras como el Montaillou de Le Roy Ladurie; pero también era útil, desde un punto de vista ideológico, para construir identidades locales y sociales. El esfuerzo más ambicioso en este sentido fue el emprendido por el historiador británico Raphael Samuel, al iniciar en 1966 los history workshops, en los cuales se estimulaba a los trabajadores a escribir su propia historia, interpretar el pasado y descubrir cómo se constituyó su experiencia de clase.

El creciente empuje de la historia oral, desde mediados de la década de 1960, contribuyó a los cambios historiográficos descritos de diversas maneras. La entrevista, al tiempo que obligaba al historiador a construir sus fuentes, le permitía acercarse a una serie de temas y problemas (en el mundo de lo privado y lo simbólico) a los cuales generalmente es difícil acceder mediante documentos escritos. A la vez, el uso sistemático de testimonios orales exigía reconsiderar la cuestión de la objetividad y la representatividad, en función de la experiencia personal de los procesos históricos analizados.

El despliegue de la public history  en los Estados Unidos a partir de la década de 1970 fue uno de los intentos más ambiciosos por crear, a partir de las nuevas orientaciones de la disciplina histórica, un campo laboral especializado. Los resultados alcanzados han sido contrastantes: en ocasiones, el trabajo en comunidades, empresas o instituciones ha contribuido tanto al desarrollo del conocimiento histórico como a interesar al público, de una manera crítica, en el estudio del pasado; en otros casos, sin embargo, la práctica se ha convertido en un simple espectáculo.

La historia local, vista a la luz de lo expuesto hasta aquí, se presenta como una opción que ha sido reconstruida y reformulada en el marco del desarrollo reciente de la disciplina histórica. Las posibilidades disponibles para practicarla son amplias y variadas, y los enfoques aplicables son también diversos: de la microhistoria a la public history. Sin embargo, también hay peligros, limitaciones y problemas, algunos de los cuales –detectados en varios de los proyectos de historia local propuestos recientemente para ser desarrollados en Costa Rica– se analizarán en los puntos siguientes.

 

2. Lo local, lo regional y lo nacional

 

La elaboración de un proyecto de investigación en el campo de la historia local debería empezar por delimitar, lo más precisamente posible, el área bajo estudio. En este sentido, si se selecciona un cantón, habría que definir si se examinará toda el área cantonal, sólo un distrito, las zonas rurales o el casco urbano. Esto es importante porque aun en el contexto de espacios pequeños, pueden haber diferencias notorias, tanto en términos de actividades económicas (uso de la tierra, acceso a mercados) como en lo que respecta a contrastes sociales y culturales (patrones residenciales de ricos y pobres, una cultura urbana más definida y su irradiación en el universo agrario circundante).

La delimitación geográfica, sin embargo, debe ser adecuamente contextualizada en el marco de la región y del espacio nacional. Por un lado, es preciso determinar en qué medida el área bajo estudio se asemeja a o difiere de otras zonas ubicadas en la misma región. Igualmente, conviene precisar si dicha área comparte el modelo de desarrollo nacional o diverge de él (y el grado en que se da lo uno o lo otro) Este procedimiento es básico para identificar las eventuales especificidades del área seleccionada y su representatividad, aspectos clave para comprender posteriormente la formación de identidades locales.

La ubicación de lo local en lo regional y en lo nacional es fundamental, por otro lado, para apreciar, en el área bajo estudio, el impacto de los procesos de cambio que operan a escala de la región o del país. A este respecto, cabe analizar cómo dichos procesos son experimentados localmente (hasta dónde son acogidos, rechazados o adaptados) y en qué medida influyen en las tendencias de desarrollo propias de la localidad. De nuevo, un estudio de este tipo permite considerar el problema de las especificidades locales en tanto condicionantes que facilitan u obstaculizan esos procesos de cambio.

La contextualización de lo local variará, por supuesto, según la índole del área elegida: si se trata de una calle o de un barrio, es de particular interés considerar aspectos como el grado de desarrollo de la cultura urbana, la coexistencia de varias subculturas dentro de ella, y los patrones residenciales específicos de los grupos sociales. En el caso de comunidades agrarias, es vital considerar los ciclos de cultivo, su mayor o menor aislamiento (en términos económicos y culturales) y las posibilidades de que disponen para expandir la frontera agrícola.

 

3. Anécdotas, mitos y leyendas

 

El primer resultado que obtiene el investigador que practica la historia local, en términos de los datos recopilados, es un conjunto de historias individuales y de familia. Esto es así porque, ya sea que se trate de documentos, fotografías o de testimonios orales, la mayoría se refieren a aspectos estrechamente vinculados con las vidas de las personas que conforman la localidad. En este marco, es que se le abre al historiador la posibilidad de elaborar una historia que tenga sentido para la población que habita el área bajo estudio, y el peligro de quedarse en lo puramente anecdótico.

Para enfrentar esto último es necesario asumir, en principio y como en cualquier investigación histórica, una actitud crítica con respecto a la calidad de la información. En el marco de los problemas y las limitaciones de las fuentes orales, cabe llamar la atención sobre una cuestión en particular: la creación de mitos o leyendas individuales, familiares o locales. En este sentido, siempre es conveniente confrontar unos testimonios con otros y, en la medida de lo posible, contrastar lo expresado por los entrevistados con documentos escritos (actas municipales, periódicos regionales o locales).

Este tipo de leyendas o mitos, cuando superan el ámbito familiar y adquieren un carácter local, suelen estar asociados con experiencias colectivas que han sido importantes en la historia de la localidad (la construcción de obras de infraestructura, un movimiento social u otros). La puesta en evidencia del mito o la leyenda, sin embargo, no tiene interés únicamente en términos de distinguir lo "falso" de lo "verdadero", sino también en función de conocer cómo fueron interiorizados ciertos eventos o procesos y de determinar la dimensión simbólica que llegaron a adquirir.

El segundo problema no es menos complejo: ¿qué hacer con un conjunto de anécdotas y recuerdos? La respuesta siempre será específica a cada tema de investigación, pero conviene advertir, en términos generales, lo siguiente. Por un lado, es necesario no dejarse seducir por información que puede ser muy interesante o muy divertida, pero que, en cuanto al objeto de estudio, es marginal. En consecuencia, se impone prescindir de los datos que, aunque valiosos en otros contextos, no se relacionan con el tema que interesa. El historiador local siempre debe estar preparado para descartar buena parte de las fuentes que genera y recopila.

En cuanto a la información que sí interesa, el problema que se plantea es cómo emplear anécdotas y recuerdos individuales y familiares para construir conocimiento histórico. En los manuales de historia oral se pueden encontrar valiosas indicaciones al respecto. Por ahora, basta señalar la importancia de insertar esos datos en el marco teórico y metodológico en que se ubica la investigación; de considerarlos a la luz de los problemas históricos que son objeto de análisis; y de conceptuarlos como evidencia de determinados procesos sociales y del impacto que han tenido en individuos y familias.

 

4. Tradiciones

 

La práctica de la historia local generalmente obliga al investigador a considerar el problema de la tradición y lo tradicional. Esta cuestión se debe abordar por lo menos en dos dimensiones: la historicidad de las tradiciones y el papel del poder político en la invención de tradiciones. El primer nivel se refiere a aquellas prácticas sociales que caracterizan diversos aspectos de la vida cotidiana (técnicas agrícolas, patrones de consumo). En este caso, lo esencial consiste en datar, con la mayor precisión posible, el inicio de dichas prácticas y sus eventuales cambios.

El objetivo de lo anterior es esclarecer la historicidad específica de tales prácticas. Así por ejemplo la roza de los terrenos, que todavía se practica, se remonta a la época colonial, aunque actualmente no se efectúa de la misma manera ni en las mismas condiciones. En contraste, el consumo de arroz y frijoles es una comida cuya difusión data de la segunda mitad del siglo XIX. En ambos casos, estamos frente a prácticas que se podrían llamar tradicionales, una en el ámbito de la tecnología agrícola, la otra en el marco del consumo, pero con una historicidad claramente diferenciada.

Siempre se debe considerar el papel que el Estado y el mercado pueden jugar en la modificación de tales prácticas "tradicionales"; sin embargo, es en la difusión de otro tipo de tradiciones en que el poder va a jugar un rol esencial. Se trata por supuesto de aquellas "tradiciones" asociadas con la creación y reproducción de lealtades a un sistema político o a cierto modelo de desarrollo. Se está aquí ante el problema de la "invención de la tradición". Las prácticas de este tipo tienen generalmente un carácter celebratorio, se distinguen por una elaborada ritualidad y se presentan como más históricas de lo que son. La celebración de la gesta de Juan Santamaría, en el caso de Costa Rica, constituye un ejemplo claro de una invención de este tipo.

En el marco de la historia local, importa considerar a la vez cómo se practican estas "tradiciones inventadas" y que operan a escala nacional, de aquellas otras tradiciones inventadas de naturaleza regional o local. En este sentido, una historia política local probablemente revelaría que, en ciertos casos, los líderes del lugar han adaptado en su propio beneficio dichas tradiciones nacionales, y que en otros, han inventado sus propias tradiciones. Sin duda, resultaría provechoso analizar el origen de ciertas festividades y celebraciones locales y su relación con el poder local y con formas específicas de clientelismo.

 

5. Diferenciación social y poder

 

Los investigadores de la historia local a veces tienden a invisibilizar la diferenciación social y la cuestión del poder. Esta tendencia es facilitada, en el caso de comunidades muy pequeñas o marginales, por el hecho de que la jerarquía social local es simple y no presenta grandes contrastes. Patronos y empleados pueden vestir y expresarse de manera similar, tener una dieta semejante y habitar en casas parecidas. Las diferencias sociales no han alcanzado aún una dimensión cultural significativa, como sí es el caso de localidades más complejas, en particular en el mundo urbano.

El hecho de que la diferenciación social en una localidad específica pueda ser menos aguda que en el conjunto del país no debe conducir, sin embargo, a descartar el problema. Precisamente, toda investigación de historia local debería empezar por examinar cómo se estructura la jerarquía del lugar, y en especial las bases de la distribución desigual de la riqueza, el prestigio y el poder. Esto es fundamental para conocer y comprender el área bajo estudio como sociedad: en este marco, testimonios personales y familiares encuentran sentido como experiencias de procesos sociales de cambio y de conflicto.

El vínculo entre las jerarquías locales y las existentes en otras localidades y a nivel regional o nacional debe ser considerado igualmente. El examen de tales relaciones es básico para determinar alianzas familiares y políticas que trascienden el ámbito del área analizada. Lo mismo puede aplicarse en términos de organizaciones sociales (como sindicatos, asociaciones, cooperativas) cuyo radio de acción puede superar el espacio delimitado para el estudio. De esta manera, se puede precisar el balance de fuerzas sociales y políticas en que se ubica el desarrollo del lugar escogido.

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La clave de la historia local consiste, precisamente, en no conceptuarla aislada ni románticamente. El análisis del barrio o la comunidad agraria tiene sentido en tanto recuperación crítica del pasado del lugar en el marco de la historia de la región y del país. Barrios y comunidades siempre ofrecerán anécdotas y recuerdos para celebrar a los líderes locales, para perpetuar mitos y leyendas y para mirar el pasado únicamente a través del prisma de la nostalgia. El historiador, sin embargo, puede (y debe) cambiar esto: barrios y comunidades son también ventanas desde las cuales se puede estudiar lúcida y críticamente la sociedad.

 

Nexos y diferencias entre la historia regional y local   [2]

 

¿Cuál es el objeto de estudio de la historia regional y de la historia local? La respuesta inmediata sería: la historia regional estudia las regiones, la historia local analiza las localidades. Sin embargo, desde el punto de vista de la historia político-administrativa, también se podría responder: la historia regional examina las provincias o departamentos (o grupos de tales unidades), y la historia local estudia los municipios. Y desde la perspectiva de la historia urbana, se podría afirmar que la historia regional analiza las ciudades principales y sus entornos agrarios, y que la historia local examina las ciudades menores y sus contornos rurales.

En este marco, se plantea, ya desde un inicio, el problema de la escala: en efecto, de acuerdo con el territorio y la población de los distintos países, lo que en un país pequeño se puede considerar historia regional, en uno más extenso apenas podría ser conceptuado como historia local. Por otro lado, y para complicar aún más el análisis, el concepto mismo de región también se puede aplicar a un conjunto de países. Desde esta perspectiva, cualquier intento por plantear los nexos y las diferencias entre lo regional y lo local debería partir de los condicionamientos impuestos por las escalas en que se desea examinar la relación entre uno y otro nivel.

La cuestión de fondo, sin embargo, es si una región o una localidad, una provincia o un cantón, una ciudad mayor o menor son, en cuanto tales, objetos de estudio pertinentes para la disciplina histórica en la actualidad. En efecto, el desarrollo experimentado por la historiografía contemporánea en los últimos veinte años enfatiza más que el análisis de unidades geográficas o político-administrativas, el de discursos, representaciones e identidades. Dentro de estas últimas figuran las identidades de clase, generacionales, de género y étnicas, entre otras, pero también las nacionales, regionales y locales.

Así, la respuesta a la pregunta planteada inicialmente depende de lo que realmente se quiera estudiar y de cómo se quiera hacerlo. Si lo que se pretende analizar es el desarrollo global de un región o una localidad específica, la respuesta sería, sin duda, afirmativa. Pero, en este caso, el producto final del esfuerzo realizado podría ser solo una monografía más. Muy distinto sería el resultado, en cambio, si lo que lo que se propone estudiar es un proceso histórico específico y, en el marco de su análisis, identificar sus variaciones regionales o locales.

Tendríamos, por lo tanto, dos modelos básicos para plantear el problema de lo regional y lo local: por un lado, un enfoque cuyo eje de estudio es una unidad espacial (regional o local) predeterminada; y por otro lado, un modelo cuyo eje es el análisis de un proceso histórico, en cuya investigación aprehendemos las dimensiones geográficas de los fenómenos analizados, en términos de dinámicas regionales o locales. Es desde esta última perspectiva que consideraremos los nexos y las diferencias entre lo local y lo regional.

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Los nexos y las diferencias entre lo regional y lo local los podemos considerar, en principio, a partir de cuatro aspectos básicos. En primer lugar, tenemos el problema de la cobertura espacial de los temas de investigación. Por ejemplo, un análisis de los patrones de cultivo (digamos del café) tiene más sentido realizarlo a nivel regional que local, ya que solo en este nivel captaremos las regularidades básicas del proceso y, por supuesto, sus especificidades locales. En contraste un estudio de la vida cotidiana (la de ciertos trabajadores rurales), basado en fuentes orales, tendría una dimensión más bien local, ya que por la naturaleza de la investigación sería difícil realizarla a escala regional.

En segundo lugar, y en relación con lo anterior, tenemos el problema de los métodos de investigación. Aunque tanto a nivel local como regional se pueden combinar estrategias de investigación cuantitativas y cualitativas, parece claro que el empleo de metodologías cuantitativas tiende a estar asociado con estudios regionales, mientras que el uso de métodos cualitativos caracteriza más a las investigaciones locales. A su vez, mientras los estudios regionales tenderían a distinguirse por un enfoque macro, las investigaciones locales se identificarían más bien con un enfoque microanalítico.

En tercer lugar, tenemos el problema de las conexiones mismas entre las dinámicas históricas de cobertura regional y las de cobertura local. Por ejemplo, el noroeste del Valle Central de Costa Rica, a partir de la década de 1830, se caracterizó por una colonización agrícola campesina, proveniente de las áreas del país de más antiguo asentamiento. El patrón de propiedad fundiaria en esta región se distinguía por el predominio de las fincas pequeñas y medianas, que combinaban el cultivo de granos con el pasto, la caña de azúcar y el café.

En el contexto de esta dinámica regional, se produjo una notable variación local, ya que un área que comprendió buena parte del cantón de Grecia, tendió a especializarse, durante la primera mitad del siglo XX, en el cultivo de la caña de azúcar, el cual se realizaba en fincas medianas o grandes. Las razones por las cuales ocurrió esta variación local todavía no están suficientemente claras, pero es interesante señalar que la ciudad de Grecia, cabecera del cantón del mismo nombre, fue un importante centro de apoyo electoral para el Partido Comunista costarricense durante las décadas de 1930 y 1940.

Se podría, entonces, adelantar la hipótesis de que la mayor diferenciación social que por supuesto también hubo en Grecia, se expresó, a nivel político, en una radicalización de los trabajadores, visible en su simpatía electoral por los comunistas. Sin embargo, afirmar esto sería un error, al menos por dos razones. Primero, porque el apoyo electoral que tenían los comunistas era esencialmente urbano y no rural, y segundo, porque los principales simpatizantes de la izquierda en la ciudad de Grecia eran intelectuales y obreros urbanos de carácter artesanal, y no peones de finca.

De esta manera, la dinámica local a nivel de sus procesos agrarios no fue la base del radicalismo político del mundo urbano griego. Este último más bien parece haber estado relacionado con las dinámicas políticas e ideológicas que distinguieron a las principales ciudades de Costa Rica. Aunque no era una de esas ciudades principales, Grecia, al igual que otras ciudades menores, sí compartió ese proceso de radicalización política experimentado por ciertos sectores del electorado urbano costarricense.

Con este ejemplo, hemos procurado destacar tres puntos. Ante todo, la importancia de precisar las conexiones entre las dinámicas locales y las regionales. Segundo,  resaltar los peligros que se pueden derivar de establecer conexiones equivocadas entre ambas dinámicas. Y tercero, introducir el cuarto aspecto de los nexos y las diferencias entre lo local y lo regional. Obviamente, nos referimos al problema de los indicadores relativos a tales nexos y diferencias.

En toda investigación histórica, indiferentemente de si está basada en métodos cuantitativos o cualitativos de investigación (o en una combinación de ambos), es fundamental precisar cuáles son los indicadores con los cuales procuramos describir y analizar nuestro objeto de estudio y, en particular, establecer las relaciones de causalidad entre los fenómenos estudiados. Tales indicadores pueden ser, por ejemplo, series estadísticas, tendencias basadas en datos censales o testimonios orales.

Sin embargo, cuando en el análisis de los procesos históricos que nos interesan incorporamos sistemáticamente una perspectiva regional y local, debemos también precisar nuestros indicadores, de modo que den cuenta, a la vez, de las regularidades de lo regional y de las especificidades de lo local. Esto es lo que nos permitiría, como en el caso de Grecia, apreciar la particularidad de una experiencia local que era el resultado de dos dinámicas históricas (una social y agraria y otra política y urbana) distintas e independientes.

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Para terminar, vale la pena destacar que los estudios cuyo eje de análisis es una unidad espacial pueden ser útiles para examinar determinados procesos históricos. No obstante, desde nuestro punto de vista es más fructífero y enriquecedor partir del análisis de procesos históricos específicos y, en el marco de esa problemática, determinar sus dimensiones espaciales, ya sean regionales o locales. Así, entre la microhistoria a la mexicana, ejemplificada por el trabajo de Luis González, y la microhistoria a la italiana, representada por los estudios de Levi, Ginzburg y otros, se impone defender un modelo híbrido, que combine lo mejor de ambos enfoques y que, a la vez, permita visualizar lo local en lo regional en un contexto teóricamente complejo e históricamente comparativo.

 

Bibliografía recomendada

 

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Vizcaíno González, Lilian, "Entre mitos y realidades: región y localidad". Boletín estudios regionales y locales. La Habana, Año 2, Número 4 (julio-diciembre de 1997), pp. 10-13.

 



[1]“De la historia local a la historia social: algunas notas metodológicas”. Reflexiones. San José, No. 51 (octubre de 1996), pp. 19-27.   Parte de este trabajo fue publicado en la revista Reflexiones. 

Originalmente fue escrito en 1995 como material de apoyo para los estudiantes de la Licenciatura en Historia de la Universidad de Costa Rica, quienes –en esa época– tendían a proponer temas de graduación que, por su universo de análisis a nivel gegráfico o social, eran verdaderamente “microhistóricos”.

[2] Este apartado fue publicado originalmente en “Nexos y diferencias entre la historia regional y local”. Siga la Marcha. Sancti Spiritus, No. 11 (1998), pp. 24-26.

En el se sintetiza mi participación en una mesa redonda del mismo nombre, realizada en el marco de un taller sobre esta temática, celebrado en La Habana, Cuba, en abril de 1998. Este ensayo, que provocó una intensa polémica con los seguidores y simpatizantes de Luis González González, autor de la célebre Invitación a la microhistoria,