Stefania Gallini, MA, Ph.D.
Departamento de Historia
Universidad Nacional Colombia,
Bogotá
No son pocos los que piensan que la historia ambiental se parece a esos
detergentes bien conocidos que de repente aparecen en los estantes de los
supermercados con una nueva etiqueta, la cual invariablemente empieza por
'eco', 'natural', 'bio', u 'orgánico', con la esperanza que el cambio de imagen - la
pincelada de verde en la etiqueta, sin cambios substanciales en el producto -
logre aumentar sus consumidores. La historia ambiental, en otras
palabras, sería para algunos una moda, una estrategia de
mercadeo de los historiadores para acaparar una
cuota entre los lectores y potenciales practicantes sensibles a los temas ambientales.
En muchos
casos, el diagnóstico severo
tiene fundamento y corresponde a lo que el historiador alemán Joachim Radkau
denuncia como el "camuflaje de etiquetado". La presentación (o la mercantilización)
de trabajos como investigaciones medioambientales que, sin embargo, no serían
tan nuevos si los presentaran bajo otro nombre[1].
Pero en los
estantes de la producción historiográfica hay también obras que legítimamente
se califican como medioambientales, y su crecido número y calidad hacen que
hoy ya no sea cuestionable la existencia de la historia ambiental como campo
del saber histórico, tal como lo hacía en 1988 el historiador italiano Alberto
Caracciolo, quien, al preguntarse "Qué es la historia ambiental",
sentenciaba que o no existía o, si existía, tartamudeaba[2].
Las páginas
que siguen son un modesto intento de explorar
esta misma pregunta con el objetivo de encontrar las paternidades de la historia
ambiental y darle así un lugar en la constelación de las disciplinas
históricas, a partir de la definición en la cual mas unánime es el acuerdo: la
historia ambiental intenta profundizar nuestro entendimiento de cómo los
humanos han sido afectados por el medio ambiente a través
del tiempo, y a la vez, cómo ellos han afectado al medio ambiente y con qué
resultados[3].
Pero sobre
todo el ensayo guarda la esperanza de ser una invitación a los lectores a
cultivar un jardín tan fértil y
tan pocas veces cosechado.
La razón fundamental por la cual es pertinente y legítimo
hablar de "historia ambiental", no
como moda efímera, sino como campo serio del
saber histórico, es la masa crítica que ha alcanzado.
A los trabajos pioneros de William Cronon, Carolyn Merchant, Alfred Crosby,
John McNeill, Donald Hughes, Donald Worster, Warren Dean, Joan Martínez Alier,
González de Molina, Piero Bevilacqua, Christian Pfister, Richard Grove,
P.Brimblecombe se han sumado muchísimos otros
a plasmar una literatura histórico-ambiental ramificada por lo menos en tres
direcciones[4].
La primera se
refiere al estudio de las interacciones de determinadas sociedades humanas con
ecosistemas particulares y en continuo cambio. Para ejemplificar tan
totalizante categoría, vale referirse al mismo Cronon y su Changes in the
Land, un trabajo clásico y pionero, en el que el autor reconstruye los
cambios ecológicos de la Nueva Inglaterra americana en el paso del
dominio de los nativos americanos al dominio de los colonos europeos[5].
La segunda
dirección de marcha de la historia ambiental apunta a investigar las variantes
nociones culturales de la relación hombre-naturaleza, es decir, las ideas que
distintas sociedades han tenido de la naturaleza. El tema, cuyas fuentes se
encuentran entre las múltiples
formas de la producción cultural - de la iconografía a la cartografía, de la
filosofía a las conmemoraciones públicas y a la literatura - es de gran
relevancia, ya que la forma en que las sociedades conciben la naturaleza
informa continuamente sus actuaciones con respecto al medio ambiente. Considérese,
por ejemplo, la concreta influencia de la idea que distintas
sociedades mantienen de qué parte de la
naturaleza consideran 'recursos naturales'[6].
Finalmente,
la tercera dirección abarca la política ambiental, entendida como ciencia de lo
político referido al medio ambiente - y por lo tanto incluyendo los movimientos
ambientalistas y el ambientalismo tout court - y también como concretas
decisiones institucionales y legislativas relativas al manejo y la protección
del medio ambiente. Para citar solamente una de las vetas identificadas bajo
esta perspectiva, es preciso recordar la densa,
aunque geográficamente heterogénea literatura
acerca de la historia de los parques y reservas naturales, como expresión de
políticas conservacionistas.
A pesar del estadio avanzado de desarrollo de la historia ambiental, sus
practicantes siguen subrayando incansablemente la novedad de la disciplina. La actitud
recuerda de cerca la necesidad de los adolescentes de reivindicar - y
posiblemente en formas impactantes para los adultos - su
originalidad y unicidad en el mundo.
Mas allá de
las hipótesis psicológicas, cabe preguntarse si hay algo más, es
decir, si estamos realmente ante una aproximación nueva
"al conocimiento de los hombres en el tiempo", para retomar la
definición siempre eficaz de March Bloch acerca de
qué es la historia[7].
Como
oportunamente señala el historiador colombiano Alberto Flórez[8]
(y más en general del caso colombiano al que él se refiere), la
historia ambiental seguramente es nueva si
miramos a la escasa o nula consolidación institucional de la disciplina y de la
comunidad científica de sus adeptos.
Excepto en
casos muy aislados, la oferta didáctica a cualquier nivel en historia ambiental
es decepcionante para un jóven con interés en esta
disciplina, tanto que una útil tarea que están cumpliendo unos websites
especializados es recolectar la dispersa información de este tipo[9].
La dispersión
no es sólo de los especialistas en historia
ambiental, sino también de sus publicaciones. Dependiendo del país, trabajos de
historia ambiental se encontrarán esparcidos en secciones de historia
de la ciencia y de la tecnología, historia económica, ecología y medio
ambiente, historia natural, estudios
culturales, geografía, política ambiental, a veces (eco)feminismo, pero
nunca bajo una única definición de "historia ambiental". La consulta
en catálogos de bibliotecas o en motores de búsqueda en Internet requiere aún
mayor imaginación, pues el término "historia
ambiental" da como resultado un multicolor listado de referencias amenas,
pero con débil relación con lo que posiblemente se
estaba buscando.
Las fechas de
nacimiento de las asociaciones que reúnen a los historiadores ambientales - un
parámetro indicativo de la cohesión de las comunidades científicas -
proporciona otra evidencia de la juventud de su institucionalización: la
American Society for Environmental History (ASEH) nació en 1982; la European
Society for Environmental History (ESEH) abortó una vez a finales de los años ochenta
y finalmente nació en septiembre del
año pasado en las frías tierras de Escocia; la Asociación Latinoamericana
de Historia Ambiental ni siquiera ha sido concebida[10].
Al lado de la
falta de institucionalización y consolidación académica, la historia ambiental
emite otras señales de su joven edad, en primer lugar su
casi obsesionada auto-interrogación sobre sí misma,
su identidad, sus desafíos, sus peculiaridades, su epistemología, su autonomía
disciplinaria y sus relaciones con disciplinas afines. La literatura sobre el
tema ha llegado a ser consistente y dibuja un cuadro bastante exhaustivo
de lo que los historiadores ambientales creen ser o opinan que la
historia ambiental debería ser[11].
Sin embargo, la distancia entre estos manifiestos programáticos y la producción
historiográfica es grande y el mare de las investigaciones que quedan
por hacer sigue siendo magnum.
Si se entiende nuevo como reciente, de joven edad, no cabe duda entonces
que la historia ambiental es un campo novedoso. Sin embargo, la evaluación se
matiza si se mira al contenido y se descompone ese binomio de
historia + medio. Sería ingenuo sostener que hay algún verdadero
descubrimiento en apuntar a la importancia del entorno físico para la historia
del hombre.
Desde su
fundación en 1929 por March Bloch y Lucien Febvre, los Annales han
revolucionado el modo de concebir y hacer historia, borrando falsas fronteras
entre la historia y la geografía. De la escuela de los Annales y en especial de
Fernand Braudel, generaciones de historiadores han aprendido la importancia de
la larga duración y de la cultura material, del clima y de la comida, de los
métodos agrícolas y de la construcción de los espacios, entre otros. El legado
de los Annales y la importancia de sus planteamientos como matriz
cultural y metodológica para la historia ambiental es quizá de las pocas
cuestiones que no genera debate entre los historiadores, cualesquiera sea su
pertenencia cultural y nacional[12].
¿Es entonces
la historia ambiental igual en esencia a lo que otros hijos, o nietos, de
los annalistas prefieren llamar la "geohistoria", como en el titulo
del ensayo del chileno Pedro Cunill[13]?
Lo sería, si en su génesis no entrara una segunda componente fundamental: la
ecología.
En 1866 el zoólogo alemán Ernst Haeckel
acuñó la palabra "ecología", que con "economía" comparte la
misma raíz griega oikoV, el hogar.
No fue sino algunas décadas más tarde que la
ecología se desarrolló como ciencia autónoma, o sea como "el estudio de
las relaciones entre organismos y entre estos y su ambiente abiótico"[14].
La ecología -
el nombre y la ciencia - tuvo un impacto social y cultural que encuentra pocos
paralelos con otra ciencia, humana o natural, como lo indica el
historiador Donald Worster. De los estímulos generados por la ecología
germinaron movimientos políticos como el ecologismo y movimientos filosóficos
como la Ecología profunda. Parafrasando a Worster, sería audaz imaginar a un
movimiento político que se inspirara en la linguística
comparada o en la paleontología avanzada, y más atrevido
aún imaginar un movimiento filosófico que se llamara
literatura polaca profunda o entomología profunda[15].
La historia
no se ha eximido de la influencia que la ecología ha ejercido en el lenguaje,
las formas de concebir las relaciones entre los seres humanos y los elementos
bióticos y abióticos que conforman el planeta Tierra, las metodologías
adoptadas para investigar esas relaciones. De la influencia de
la lección de la ecología, que no hubiera tenido vehículo de transmisión sin la
sensibilidad forjada en los historiadores por las enseñanzas de los Annales, ha
resultado finalmente la historia ambiental.
La ecología
ha proporcionado sobre todo un concepto fundamental que obliga a un
replanteamiento radical de la posición del hombre en la historia y en la
Tierra: el de ecosistema. A pesar de las evoluciones de la palabra y de la
crisis que la ecología como ciencia ha vivido, pasando del modelo de equilibrio
vislumbrado por Eugene Odum en 1963[16]
a uno dominado por el caos, o mejor dicho, por el continuo desequilibrio[17],
el concepto de ecosistema y su valor heurístico para la historia sigue incuestionado.
El historiador alemán Peter Sieferle es explícito al respecto:
El desafío más relevante de la
historia ambiental es un cambio de punto de vista: del antropocentrismo al
concepto de ecosistema. El término ecosistema (…) permite el uso de modelos de
explicación desarrollados por la teoría general de los sistemas para comprender
el proceso complejo de la vida[18].
Bajo esta
mirada y retomando la definición mencionada al comienzo de este ensayo, la
historia ambiental trata entonces de conocer cómo los humanos han sido
afectados por el medio ambiente a través del
tiempo, pero también cómo ellos mismos han afectado al medio ambiente y con
cuáles resultados. La naturaleza asume consecuentemente el papel de socio
cooperante y deja de ser "el contenedor frágil y vulnerado de
la presión antrópica, el inerte telón de fondo sobre el que destacan las
maravillosas gestas de los hombres", en palabras del historiador italiano
Piero Bevilacqua[19].
La visión
ecosistémica, donde por ecosistema se entiende una "entidad colectiva de
plantas y animales que interactúan los unos
con los otros y con el ambiente abiótico en un lugar dado"[20],
justifica la percepción de la historia ambiental como una historia global, o
también holística: una historia que cumpla con nuestro innato deseo de
comprender, más que saber, como bien lo señalaba March Bloch[21].
Aunque la
percepción es probablemente correcta, y sin duda entusiasma el vértigo de
altura de la comprensión holística, los intentos de alcanzar
esas dimensiones globales de las relaciones entre hombre y medio ambiente en el
tiempo a menudo han obtenido muy poco, quedándose en
palabras altisonantes e ideas desbandadas.
Quizá una
razón pueda estar en que muchas veces la historia ambiental, por lo menos en
sus comienzos, es practicada por todos excepto que por historiadores. En
Estados Unidos y Gran Bretaña fueron geógrafos, politólogos y ecólogos
vegetales, en América Latina sociólogos, en Colombia abogados, geógrafos,
economistas quienes primeros se inmersaron en el campo de la
historia amiental.
En sí, no
hay ninguna razón intrínseca para detener
la marcha de otros estudiosos: ni la historia es la provincia de los
historiadores, ni la historia ambiental es un jardín privado con acceso vedado
a los que no tengan título académico apropiado.
Sin embargo,
la abdicación de los historiadores hacia el medio ambiente y la
"ocupación" de ese espacio por parte de otros estudiosos indica la
existencia de una inquietud a la que los historiadores no están respondiendo, con
consecuencias que llegan a ser sensibles.
Por un lado,
lo que sale publicado muchas veces sufre de falacias o
generalizaciones simplistas que una colaboración y una presencia más activa de
los historiadores podrían fácilmente
evitar. La ingenuidad que puede caracterizar tales
escritos no difiere, por cierto, de la de muchos historiadores cuando exploran
campos en los que no tienen conocimientos especializados, y es en general el
peligro más frecuente para los que se aventuran por veredas
interdisciplinarias.
El punto es
que, al no cumplir con los requerimientos básicos de
una disciplina - la historia - que tiene un estatuto científico codificado y
consolidado, y unos patrones establecidos para la presentación de resultados y
evidencias, estos textos quedan en desventaja respecto a la
posibilidad de encontrar interlocutores
entre los historiadores.
Por otro
lado, las historias ambientales escritas por ecólogos históricos o en general
científicos naturales tienden a ser páginas sin huella humana, ni rastro de
interacción social, y con escasa apreciación del papel de la cultura como actor
histórico, como lo denunciaba Linda Merricks en 1996[22].
Es evidente que, si la tarea de la historia y el interés de sus estudiosos es
conocer al hombre en sus interrelaciones, una historia desprovista de
su contenido antrópico se queda distante y por lo tanto desapercibida por los
historiadores.
La tendencia
opuesta a las historias globales y ecosistémicas parece haber sido igualmente de
escaso alcance y finalmente incapaz de superar las barreras del particularismo.
Buscar refugio en una microhistoria local, puntual y exclusivamente
descriptivo-narrativa, como por ejemplo ha ocurrido en la historia ambiental
norteamericana[23], equivale a
encerrarse en una cueva desde la cual el mundo - la comprensión del complejo
desarrollo de las relaciones entre hombre y medio ambiente en el tiempo - no es
visible y menos aún lo es el interior de la cueva para el resto del mundo. No se
quiera leer aquí una condena de la microhistoria y de sus posibilidades de
proveer miradas universalistas. Carlo Ginzburg ha mostrado con extraordinaria
eficacia cuántas migas de universalismo puede contener una historia sin duda
microscópica, la de "Domenico Scandella, detto Menocchio", molinero
de Monreale, pueblito en el norte de Italia en el siglo XVI[24].
El esfuerzo
para los historiadores ambientales consiste precisamente en esto. Buscar
lo universal en lo particular, desvelar la relación de las sociedades con los
ecosistemas a partir de las microhistorias de la contaminación del arroyo x por
la fábrica y, o en la del agotamiento del área marina β por la
sobreexplotación de la pesquería γ.
A la luz de
estas consideraciones, cabe finalmente preguntarse cuál es entonces el nivel de
enfoque más oportuno para no quedarse atrapados entre los vuelos de altura
olímpicos y una histoire evenementielle[25]
del medio ambiente.
"En
media stat virtus" (la virtud está en el medio), decía Ciceron. El ya
mencionado Radkau tampoco duda en afirmar que se necesita un estado intermedio
y una periodización más refinada, elaborados a partir de la investigación
empírica[26].
Es en la práctica historiográfica, ya no en los manifiestos programáticos,
donde la historia ambiental tiene que demostrar su originalidad, su valor agregado y su
derecho a existir. Y la práctica del oficio del historiador pasa de necesidad
por la selección, interpretación y manejo de las fuentes.
Sin pretender
compilar una guía exhaustiva, en
las líneas que siguen se aborda el tema del material y las técnicas de
construcción de las historias ambientales, así como se han venido utilizando y
a veces inventando en la literatura publicada y con referencia implícita a
América Latina, por ser la región que en particular nos
interesa.
Las fuentes de la historia ambiental son unas herramientas multiformes y
aptas para varios usos. Algunas - o muchas - les son conocidas a los
historiadores, aunque el cuidado y la manera de interpretarlas pueden ser
novedosos. Otras corresponden a instrumentos de otras ciencias,
sobre todo de las ciencias naturales, de las cuales la historia ambiental
necesita apropiarse y aprender a utilizar.
De la primera
categoría - las fuentes tradicionales para el historiador - hacen parte los
relatos de viajeros, exploradores y primeros naturalistas. Se trata, como es fácil
imaginarlo, de documentos útiles para reconstruir los cambios medioambientales
y entender cómo funcionaba el medio ambiente y sus relaciones con las comunidades
humanas en el pasado.
Su uso
presenta muchas ventajas. En primer lugar son fuentes normalmente accesibles en
bibliotecas y a menudo hasta publicadas y en venta en librerías,
con lo cual no requieren de largas y dispendiosas sesiones de lectura en
archivos ni de conocimientos de paleografía.
En segundo
lugar, se presentan en forma narrativa, por lo cual no requieren de destrezas
especiales - como es el caso de los registros de bautizos y matrimonios para la
historia demográfica, por ejemplo - para leerlos y utilizarlos, aunque sí para
interrogarlos. Finalmente, al tratarse la mayoría de las veces de fuentes
conocidas y usadas por la historiografía, a menudo puede contarse con una
estratificación de estudios que ayudan a contextualizar la fuente, conocer su
autor, matizar su contenido.
También
conocidos por los historiadores son los fondos de los archivos nacionales que
reúnen los documentos relacionados con cuestiones de tierra. La categoría es
evidentemente vastísima y, dependiendo
del país y de la época a la cual se refieren,
pueden contener fuentes de tipo catastral,
adquisiciones de baldíos, ejidos y resguardos indígenas, ventas y concesiones
por parte del Estado, etc. Como en el caso de los relatos
de viajeros y en los informes de los primeros geógrafos, antropólogos y
naturalistas, también se trata de fuentes valiosas y a menudo únicas para
conocer el medio ambiente en el pasado y la forma en que las sociedades del
tiempo se relacionaban con él.
William
Cronon, sin embargo, advierte que,
en el caso de ambas tipologías de fuentes,
siempre se trata de representaciones, que reflejan la cultura, los intereses,
la capacidad o la voluntad de "ver" de quien escribe[27].
Esto implica
la existencia, por ejemplo, de un problema de definición y de silencios. Si
bien estos tipos de documentos refieren cuidadosamente acerca de un tema
crucial como la tenencia de la tierra, lo hacen mucho
menos respecto a un
capítulo de importancia aún más capital para el historiador ambiental: el uso
de la tierra. Cuando se hace alguna
referencia a cómo y cuándo los suelos eran cultivados y los bosque talados, y
por parte de quién, el dato no puede ser adquirido sin antes ponderarlo con la
pertenencia cultural de quien lo proporciona. Para decirlo con un ejemplo, en
la América colonial los españoles (blancos y urbanos) no entendían el barbecho
y a menudo lo clasificaban como bosque. El monte, por otro lado, es
muchas veces una categoría fiscal o del derecho privado, no una definición
botánica. Igualmente se podría citar el caso de la Inglaterra de la Edad Media,
donde la clasificación de un terreno como forest permitía que a esto se
aplicara la forest law, que garantizaba un control estrecho sobre los
derechos de caza y de uso de la tierra.
Un segundo
grupo de fuentes son los documentos legislativos, reglamentos y decretos. Dos
ejemplos muy distintos en cuanto a ubicación geográfica y
período ilustran las posibilidades que arroja el
fundamentar un estudio histórico-ambiental en fuentes jurídicas. Por
un lado, un grupo de historiadores españoles ha logrado desbozar
los prolegómenos de una política ilustrada de conservación y gestión del bosque
en las colonias hispanoamericanas através de un estudio sistemático de la
política forestal de la corona durante el siglo XVIII[28].
En otro
tiempo - los años veinte y treinta del siglo XX
- y en otra latitud - Italia -, Andrea Saba ha investigado en cambio la
relación del régimen fascista con los recursos naturales, esencialmente con
base en la producción legislativa[29].
También en
este caso vale la advertencia que las fuentes jurídicas igualmente presentan
sus ambigüedades, ya que no se puede saber a
priori si una ley de protección ambiental expresa una transformación
ambiental o más bien la anticipa. Por ejemplo, ¿una ley de prohibición de tala
de un bosque refleja necesariamente una situación de escasez de madera? La
respuesta tiene que ser cautelosa, porque cabría investigar la miríada de
razones alternativas que podrían haber impulsado el legislador: la defensa de
intereses particulares, la protección no de la madera del bosque, sino de los
manantiales custodiados por el bosque, quizá la preservación de alguna calidad
mística atribuida a ese bosque.
Hasta aquí se
han citado fuentes tradicionales históricas, a las que habría que añadir las
fuentes comunes de la historia económica. Los libros de cuentas de haciendas y
fábricas proporcionan informaciones valiosas por ejemplo sobre el manejo de los
recursos naturales y los mecanismos de su evaluación y contabilización, pero
también datos de contaminación ambiental, de meteorología y cambios de
condiciones medioambientales.
En el plano
de las ideas de la naturaleza, cabrían mencionar las representaciones
iconográficas como fuentes para una historia de cómo
distintas sociedades y grupos humanos han percibido la naturaleza. El
historiador británico Simon Schama ha producido un libro sobresaliente al
respecto, que debería encontrar un editor en
castellano[30].
Aunque necesarias,
estas tipologías de fuentes que definimos "tradicionales" nunca
son suficientes para reconstruir las estructuras y la distribución de los
ambientes naturales en el pasado, el escenario inicial que los científicos
ambientales llaman la baseline. Para lograrlo, el historiador ambiental,
pues, se ve forzado a salir de las bibliotecas y de los archivos para ir a
encontrar fuentes heterodoxas tomándolas en préstamo de la paleoecología, de la
geografía histórica, de la arqueología, de la ecología histórica, de las
ciencias forestales, de la agronomía, de la palinología.
Para
poner un ejemplo, a través del análisis del polen contenido en
suelos y sedimentos, el historiador ambiental puede comparar las información así
obtenidas acerca de cambios clímáticos e influencia de actividad humana en la
historia vegetal de esta área con otras pruebas documentales, por ejemplo los
registros parroquiales o las tempranas crónicas coloniales, para llegar a
conclusiones consistentes acerca de los sistemas agrícolas practicados de
tiempos remotos, y de aquí de la presión demográfica[31].
En otros
casos, el análisis de los anillos de los árboles
permite establecer su antigüedad y por lo tanto la edad del bosque, su
manipulación, en fin, la relación entre los recursos
forestales y las comunidades humanas.
Otra fuente
importante es la presencia de carbón fósil (el C14). A pesar de
las dificultades de interpretación[32],
se trata de un indicador importante de presencia humana en el pasado de ese medio
ambiente y demuestra los cambios de frecuencia de incendios de orígen
antrópico.
Por
qué es tan necesarios llegar a reconstruir un cuadro verosimil
de las condiciones del medio ambiente antes o en el momento mismo en el que
tuvo lugar el fenómeno objeto de estudio (sea este el comienzo de una nueva
fase económica, la decadencia demográfica de una ciudad, la pérdida de poder de
algún señorío local, la recepción de nuevas técnicas y saberes científicos), lo
muestra la misma historiografía ambiental y la originalidad de sus resultados.
Para limitarse a uno de los libros más exitosos que concierne a América Latina,
vale citar a Elinor Melville y su Plaga de ovejas. La historiadora
demuestra cómo la introducción del pastoralismo - algo distinto que la sola
introducción de ungulados, tema conocido a los
biólogos - en el altiplano central mexicano en el siglo XVI contribuyó a la
conquista biológica del Nuevo Mundo a través de una profunda transformación del
medio ambiente físico (del régimen de agua, de la calidad del suelo, de la tasa
de erosión, de la composición vegetal de los bosques) y, en
consecuencia, a través de un cambio fundamental de los recursos
naturales tradicionales de las comunidades indígenas[33].
Del radio de
fuentes y metodologías de análisis que se ha tratado de esbozar es evidente que
la historia ambiental tiene su potencial en la
interdisciplinariedad y en el trabajo de equipo. Siendo imposible lograr una
competencia especializada de alto nivel en disciplinas
tan distintas como las que elaboran e interpretan estas tipologías de fuentes,
el historiador ambiental no puede seguir la
tradición ermitaña de sus colegas historiadores. Debe en cambio alimentarse de
un trabajo de equipo integrado por geógrafos, cartógrafos, paleoecólogos,
geólogos, biólogos entre otros, tratando de desarrollar un lenguaje común más
allá de los tecnicismos de cada disciplina[34].
¿Cuál es el espacio y las posibilidades para una historia ambiental de
América Latina?[35] Y aún antes,
¿porqué hacer historia ambiental en y de América Latina?
Este segundo
interrogante escasamente tendría vigencia en Europa o en Norteamérica, donde es
débil la percepción de que elecciones individuales - tales como escoger una
carrera universitaria, un tema de investigación, un trabajo de tesis - puedan
tener algún tipo de impacto para la
colectividad. La eventual respuesta por lo tanto caería con toda probabilidad
en el marco de las preferencias personales: por diversión intelectual, por la
esperanza de encontrar mayores posibilidades de empleo especializandose en un
campo de modesta competencia, por interés individual, por misión cívica a la
concientización ecológica, por disciplina ideológica.
El caso
parece ser distinto en los países latinoamericanos, y en Colombia por
observación directa, donde el sentimiento de responsabilidad social de los que
desempeñan actividades intelectuales es generalmente más difundido. Por esta
razón, que tiene que ver a su vez con la historia del papel de los intelectuales
en estas sociedades y con la brecha demográfica y cultural entre la élite
intelectual y el resto de la población, la pregunta habría que reformularla en "por
qué investigar la historia ambiental de la región es
socialmente y políticamente importante?".
El tema
amerita un desarrollo mayor del que aquí es posible y
oportuno, pero para no dejar sin respuesta tan difícil
pregunta vale recordar que el medio ambiente ha entrado desde hace unos (pocos)
años en las agendas políticas nacionales e internacionales. Los científicos
naturales - expertos de clima, de suelos, de ecología vegetal, de geología, de
zoología, etc. - han sido reclutados, por lo menos en el modelo ideal planteado
por las leyes estatales y los acuerdos internacionales, para proporcionar a la
clase política la información indispensable para la
toma de decisiones.
No será
necesario advertir de lo lejano que la práctica dista de la teoría ni que la
relación entre las decisiones de los políticos y las recomendaciones de los
científicos es discontinua. También será superfluo
recordar que estos últimos tampoco son ajenos a las condicionantes sociales y
políticas que, de manera más o menos
desapercibida, integran cualquier proceso de producción y socialización del
conocimiento.
El punto que
aquí interesa es que el tema del medio ambiente, luego de una época en la cual
fue dominio de las ciencias naturales, ha entrado a ser campo también de
politólogos y, sobre todo, de
economistas, una vez que ha sido puesto en evidencia su dramático peso en las
cuentas económicas tanto de comunidades locales como nacionales.
Lo que no ha
cambiado, e inclusive se ha fortalecido, es la presentación de lo ambiental
como un "problema" del presente, que por lo tanto requiere
"soluciones" nuevas y por inventar. Si
es cierto que la magnitud y la rapidez de los cambios medioambientales del
siglo XX no encuentran paralelos en ninguna otra época[36],
no por esto la perspectiva presentista debe imponerse como la más apta para
enfrentar la crisis ambiental.
Hacer
historia ambiental en América Latina significa entonces trabajar para que las
valoraciones que la sociedad contemporánea exprese y las medidas que tome
acerca del medio ambiente tengan perspectiva histórica y sean concientes del
marco de larga duración en el cual el problema ambiental, sus valoraciones y
las decisiones al respecto están encajados.
Hay un
segundo orden de razones que debería impulsar a emprender estudios de historia
ambiental. Comparada con otras áreas, América Latina es todavía un campo casi
virgen en cuanto a investigaciones histórico-ambientales y apenas empieza a
vislumbrarse un camino autónomo en el temario y en las aproximaciones teóricas[37].
Sólo recientemente se han comenzado a
publicar trabajos de solidez investigativa e interpretativa, que quizás
marquen el inicio de una contratendencia respecto a la gran "narración a
teleología negativa" que parecía caracterizar los primeros intentos de
historia ambiental de América Latina.
La expresión
entre comillas pertenece a un historiador quien, al
no aludir al caso latinoamericano, diagnostica sin embargo una tendencia
compartida en varias latitudes. El autor es el ya citado Bevilacqua, quien
resume en esas pocas palabras el núcleo de la
crítica radical de la ecohistoria a la cultura histórica dominante[38].
Vale la pena detenerse a seguir su planteamiento porque es una advertencia
importante para un campo que apenas comienza como el de la historia ambiental
de América Latina.
La sociedad
capitalista-industrial, dice Bevilacqua, tiende
a observar los anteriores modos de producción desde la posición privilegiada de
sus multiformes y sofisticados consumos, y de esa altura juzga inferiores y/o
preparatorias a su triunfo todas las formaciones sociales que la precedieron.
El modelo
cultural que ha acompañado tal idea de superioridad es notoriamente la
ideología progresista, que se expresa en una parábola ascendiente y positiva
basada en el incremento constante de bienes materiales y niveles de bienestar
general. Pero, en esta elaboración, el ideal progresista ha contribuido a
encubrir el mecanismo de explotación no regenerable de los recursos sobre el
cual el modo de producción capitalista se ha basado.
Ahora, el
modelo progresista es exactamente y paradójicamente el que con más desenvoltura
tienden a aplicar los historiadores ambientales,
aunque en su forma inversa. Cambiando el sentido de la parábola, terminan
escribiendo historias regresivas e igualmente unilineares, siguiendo una fácil
senda que va de "las culturas aborígenes a la crisis ecológica
actual", como se titula la obra de Luís Vitale de 1983[39].
La historia ambiental se reduce de esta forma a la narración de la pérdida del
estado de gracia en un supuesto Edén dominado por relaciones harmónicas entre
hombres y naturaleza[40],
hasta el "Mad Max ecológico" que representaría nuestra
contemporaneidad.
A esta
infructifera forma de entender la historia ambiental, que además radica y es
expresión patente de la propia dicotomía entre naturaleza y cultura que la
historia ambiental promete superar en sus proclamas, América
Latina parece ser particularmente sensible. Quizá sea consecuencia del
economicismo que ha permeado la comprensión de la historia latinoamericana. Y
quizá sea también la respuesta que más se acomoda a paradigmas interpretativos
de larga tradición, como el de la teoría de la dependencia que tanta fuerza ha
tenido y sigue teniendo en la historiografía latinoamericana y
latinoamericanista. En todo caso el resultado es a menudo una especie de
"teoría de los estadios de decadencia ambiental", parafrasando la
influencial teoría de Rostow de las etapas del crecimiento económico[41],
que de poco avanza la comprensión de las dinámicas locales y más bien depura la
historia ambiental de toda su fuerza heurística.
La
pretensión, en cambio, no es sencillamente la de añadir consideraciones o
cálculos ambientales (o ambientalistas) a relatos con un guión ya conocido - poco
importa si hablamos de la sucesión de modos de producción o de la
expansión del modelo democrático, siendo ambos teleológicos. Lo que los
historiadores ambientales reiveindican es un giro fundamental, un cambio de
mirada, de punto de vista, casi diríamos de paradigma, si el término no
despertara susceptibilidades kuhnianas[42]:
abandonar la unilinearidad economicista de la historia.
Son múltiples los temas que están al alcance de una mirada
histórico-ambiental y que, al ser capítulos fundamentales de la historia de
América Latina, necesitan una comprensión más profunda y compleja de la que se
ha alcanzado hasta el momento. Entre ellos, el desarrollo de las economías de
agroexportación que la mayoría de las regiones latinoamericanas vivieron a
partir de la segunda mitad del siglo XIX es un tema que ha recibido mucha
atención por parte de una nueva generación de historiadores ambientales[43].
No es una casualidad.
La fase
histórica del llamado "desarrollo hacia afuera" cuenta con una
tradición historiográfica (socio-económica, pero también política) sólida que
proporciona no solamente el contexto, sino muchas veces los detalles de cómo y
con qué consecuencias socio-económicas y
políticas se vincularon las regiones latinoamericanas
a la economía mundial a través de la
exportación de sus recursos naturales. Además, la
popularidad del tema entre distintas escuelas historiográficas - o más explícitamente
ideológicas - ofrece un variado menú de
interpretaciones capaz de satisfacer a los paladares más sofisticados[44].
La detectable
predilección de la historia ambiental por los temas de
la agroexportación y del extractivismo también se explica por la
accesibilidad de una gran cantidad y calidad de fuentes primarias. La
exportación de recursos naturales tales como carne, petróleo, café, quina,
tabaco, bananas o guano implica la existencia de registros aduaneros, informes
comerciales de funcionarios diplomáticos extranjeros, hojas comerciales de los
barcos que trasladaban los productos, cuadros estadísticos
compilados por las compañías, correspondencia epistolar entre los dueños de las
empresas de producción y sus administradores.
Además,
habría que recordar que la fase económica del boom exportador coincidió con una
fase importante de consolidación de las estructuras estatales, o de state-building.
Eso implica que es solamente a partir de estos años que el historiador
ambiental cuenta en la caja de herramientas de su profesión
también con la plétora de informes, datos puntuales y recopilaciones compilados
por los varios institutos nacionales de geografía, meteorología, geología, las
oficinas de desarrollo agrícola y las secciones de estadística de estados que
empezaban apenas a conocer su territorio.
Bajo esta
perspectiva, la lotería de bienes de la que hablan los historiadores
económicos al referirse a la variabilidad de consecuencias producidas en las
estructuras económicas del país productor por la simple diferencia
entre los productos a exportar (la capacidad de la carne argentina
de generar un proceso industrial, frente a la incapacidad del
los bananos hondureños de activar una cadena de procesos económicos más allá
de la producción de los racimos y su
transporte) [45],
también tiene relevancia ecohistórica. Concretamente, al dejar huellas
distintas que los investigadores logren utilizar como fuentes primarias,
decretaría la posibilidad misma de hacer historia ambiental.
Finalmente,
desde un punto de vista más teórico, focalizar la agroexportación y el
extractivismo de los siglos XIX y XX es enteramente apropiado para una historia
ambiental de América Latina, si se acepta que estas fueron las décadas de
surgimiento de un modo de producción capitalista en
el continente y que este último ha sido el motor de los dramáticos y repentinos
cambios ambientales modernos[46].
Estudios
histórico-ambientales permitirían así entender cuáles han sido los costos
ambientales de ciertas políticas y modelos económicos, y sugerir pues
evaluaciones discrepantes de la que otras miradas han promovido. La
introducción de la técnica de la amalgama, por ejemplo, es una innovación de la
tecnología minera que marcó un paso adelante de la economía de
extracción colonial, logrando un aumento sensible de la producción de plata. El
análisis de los devastadores efectos en
los ríos y en la cadena trófica, producidos por la dispersión del mercurio
usado para provocar la separación del metal precioso de las escorias de otros
materiales, obliga sin embargo a una valoración algo matizada de un avance tan
claro de la capacidad de generar aumentos de productividad[47].
Descubrir y
computar los costos ambientales de la integración al mercado mundial de ciertos
ecosistemas - la contaminación de La Oroya por las explotaciones mineras de la
Cerro de Pasco en Perú, la semplificación de los ecosistemas cubanos por la
conversión de los bosques en plantaciones azucareras, la
degradación química y física de los suelos pampeanos
transformados en graneros - es sin duda una tarea pendiente. Pero no es la
única y tal vez ni siquiera la principal, si no se quiere caer en la narración
regresiva o en quedar de meras auxiliares de la historia económica.
La misión de
la historia ambiental en el estudio de cómo los países latinoamericanos se
estructuraron en economías (y sociedades) de exportación de materias primas
para el mercado mundial es principalmente
otra: Reconocer el papel activo de los
ecosistemas locales en determinar las formas, los tiempos y las posibilidades
de la agroexportación y de la extracción. Si se recuerda la definición de
ecosistema mencionada al comienzo de este ensayo, también se intuirá el prisma
multifacético de una historia así concebida, en la cual, en la medida de lo
posible, encontrarán igual audiencia los empresarios de la United Fruit Company
y el fusarium, el nitrógeno y Juan Valdéz, la hevea
brasilianensis y los caboclos, Humboldt y las lluvias del invierno
tropical, los contrabandistas y las caobas, las fallas geológicas y las fallas
humanas.
Notas
* El texto es una revisión de la conferencia pronunciada en ocasión de la
inauguración de la III Promoción del Doctorado en Historia, Universidad
Nacional de Colombia, Facultad de Ciencias Humanas, 8 de marzo de 2002.
Agradezco los comentarios del grupo Telar de Agua y la ayuda de Angelika
Rettberg.
[1] J.Radkau, "¿Qué
es la historia del medio ambiente?", en Ayer 11(1993): Historia
y Ecología, p. 124.
[2] A.Caracciolo, L'ambiente
come storia, Il Mulino, Bologna 1988, p. 8.
[3] D.Worster, "Transformations of the Earth: Toward an Agroecological Perspective in History", in Journal of American History 76(1989-90): A Roundtable: Environmental History, p. 1089.
[4] Así identificadas por
W.Cronon, citado por A.Taylor, "Unnatural Inequalities: Social and
Environmental Histories", en Environmental History 1(1996), p. 6.
Véanse también las ramificaciones detectadas por G.Nebbia, "Per una
definizione di storia dell'ambiente", en A.F.Saba e E.Meyer, Storia
ambientale: una nuova frontiera storiografica, Teti, Milano 2001, pp.
11-36.
[5] W.Cronon, Changes in the Land:
Indians, Colonists, and the Ecology of New England, Hill and Wang, New York
1983. Cabe
señalar que, a pesar de la importancia historiográfica y del éxito comercial del
libro, no existe traducción al castellano.
[6] Sobre la naturaleza
como construcción social véase J.Herron and A.Kirk (eds.), Human/Nature:
Biology, Culture, and Environmental History, University of New Mexico Press
1999 y en castellano A.Florez Malagón, Ambiente y desarrollo. El
campo de la historia ambiental: perspectivas para su desarrollo en Colombia,
IDEADE/Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá 2000.
[7] M.Bloch, Introducción
a la Historia, FCE, México 1957, p.26.
[8] A.Flórez Malagón, Ambiente
y desarrollo. El campo de la historia ambiental: perspectivas para su
desarrollo en Colombia, IDEADE/Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá
2000, pp. 9-10.
[9] Por ejemplo
<www2.h-net.msu.edu/~environ/surveys.html> y
<www.eseh.org/courses.html> (Abril 2002).
[10] Para la ASEH,
véase<www2.h-net.msu.edu/~environ/> (Abril 2002); para la ESEH <www.eseh.org>.
Recientemente se ha constituido la International Environmental History Association,
promovida por los historiadores asiáticos.
[11] Algunos de los
contribuyentes son: J.Radkau, "Qué es la Historia del Medio Ambiente
?" y J. Martínez Alier, "Temas de historia económico.ecológica"
en Ayer 11 (1993): Historia y Ecologia, pp. 119-146 y 19-48
respectivamente; "A Roundtable: Environmental History", en Journal
of American History 76(1990): 1087-1148; D.Worster, "Appendix: Doing
environmental history", in D.Worster (ed.), The Ends of the Earth:
Perspectives on Modern Environmental History, Cambridge University Press
1988; W.Cronon, "The uses of environmental history", en Environmental
History Review 17 (1993), n.3, pp. 1-22; G.Palacio, "En búsqueda de
conceptos para una historiografía ambiental", en G.Palacio (ed.), Naturaleza
en disputa, U.Nacional/ICANH, Bogotá 2001, pp. 37-74; G.Castro Herrera,
"Environmental History (Made) in Latin America", en H-Environment
Historiography Series <
http://www2.h-net.msu.edu/~environ/historiography/latinam.htm> (abril 2002);
S. Ravi Rajan, "The Ends of Environmental History: some
questions", en Environment and History 3(1997), pp. 245-52; A.Flórez,
op. cit., pp. 15-36.
[12] Véase el editorial de
Richard Grove en el número inaugural de Environment and History 1(1995).
[13] P.Cunill, "La
geohistoria", en M. Carmagnani, A.Chávez, R.Romano, Para una historia
de América. T.1: Las estructuras, FCE, México 1999, pp. 13-159.
[14] Oxford Concise Diccionary of Ecology,
lema "Ecology". En P.Bowler, Historia Fontana de las ciencia
ambientales, FCE, México 1988, pp. 369-406 se encuentra una buena síntesis
de la evolución de la ecología y de sus relaciones con el ambientalismo.
[15] D.Worster, "The Ecology of Order and Chaos", en C.Miller and H.Rothman, Out of the Woods: Essays in Environmental History, University of Pittsburgh Press 1997, p. 3.
[16] E.P. Odum, Ecología:
el vínculo entre las ciencias naturales y las sociales, México 1997 (19
ed.).
[17] Véase D.Worster, "The Ecology of Order and Caos", pp. 3-17. Sobre la influencia de la Teoria del caos en las ciencias sociales, véase L.Douglas Kiel and E.Elliott (eds.), Chaos Theory in the Social Sciences: Foundations and Applications, The University of Michigan Press 1997.
[18] Citado en
P.Bevilacqua, Demetra e Clio: uomini e ambienti nella storia, Donzelli,
Roma 2001, p. 15.
[19] P.Bevilacqua, Tra
natura e storia, Donzelli, Roma 1996, p. 9.
[20] D.Worster, "Transformations of the Earth:Toward an Agroecological Perspective in History".
[21] "(…) porque la
naturaleza de nuestro entendimiento lo inclina mucho menos a querer saber que a
querer comprender", M.Bloch, Introducción a la Historia, p. 13.
[22] L.Merricks,
"Environmental History", en Rural History 7(1996), p. 102, en
su crítica a un texto por otro lado muy útil: I.G. Simmons, Environmental
History: a Coincise Introduction, Blackwell, Oxford 1993.
[23] Véanse los artículos
publicados durante sus varias épocas por la revista-voz de los historiadores
ambientales norteamericanos Environmental History. La revista se llamó Environmental
Review entre 1976-1989 y Environmental History Review hasta 1996,
cuando asumió el título actual absorbiendo además la otra revista importante
del campo, Forest and Conservation History.
[24] C.Ginzburg, El
queso y los gusanos: el cosmos, según un molinero del siglo XVI, México,
Oceáno 1997.
[25] La tradicional
"historia de los eventos" contra la cual reaccionó la historia social
desde los años '30.
[26] J.Radkau, "Qué es
la Historia del Medio Ambiente ?", p. 129.
[27] W.Cronon, Changes in the Land:
Indians, Colonists, and the Ecology of New England, Hill and Wang, New York
1983. Véanse
también las reflexiones parecidas de E.Melville, A Plague of Sheep:
Environmental Consequences of the Conquest of Mexico, Cambridge
University Press 1994, pp. 84-87 (en castellano: Plaga de ovejas, FCE,
México 1999).
[28] L.Urteaga y M.Lucena
Giraldo, El bosque ilustrado: Estudios sobre la política forestal española,
INCN, Madrid 1991.
[29] A.F.Saba,
"Cultura, natura, riciclaggio. Il fascismo e l'ambiente dal movimento
ruralista alle necessitá autarchiche" (Cultura, naturaleza, reciclaje. El
fascismo y el medio ambiente desde el movimiento ruralista a las necesidades
autárquicas), en A.F.Saba e E.Meyer, Storia ambientale: una nuova frontiera
storiografica, Teti, Milano 2001, pp. 63-110.
[30] S.Schama, Landscape and Memory,
HarperCollins, London 1995. De este, la BBC produjo un documental con el mismo
título.
[31] Un ejemplo de la
utilidad del análisis de polen es W.Bray, "¿A dónde han ido los bosques?
El hombre y el medio ambiente en la Colombia prehispánica", en Boletín
Museo del Oro 30(1991), pp. 43-65.
[32] Las explica en forma muy comprensible
J.Diamond, Guns, Germs, and Steel: A short History of Everybody for the Last
10,000 Years, Vintage, London 1998, pp.95-96. (En castellano: Armas,
gérmenes y acero: La sociedad humana y sus destinos, Madrid 1998).
[33] E.Melville, Plaga
de ovejas, FCE, México 1999.
[34] Por supuesto existen
también razones existenciales por las cuales la historia ambiental sólo puede
recorrer caminos inter- o transdisciplinarios. Los explora con más detenimiento
y sofistificación teórica A.Flórez Malagón, op. cit., pp. 19-28.
[35] La pregunta no es
original, y respuestas articuladas han sido ofrecidas por G.Castro Herrera,
"The Environmental Crisis and the Tasks of History in Latin America",
en Environment and History 3(1997), pp. 1-18; W.Dean, "The Tasks of
Latin American Environmental History", in H.K. Steen and R.P. Tucker
(eds.), Changing Tropical Forests: Historical Perspectives on Today's
Challenges in Central & South America, Durham, North Carolina 1992, pp.
5-15; A.Flórez Malagón, op. cit., pp. 43-45 para América Latina y pp. 53-75 para
el caso de Colombia, pero véase especialmente la sección "Bibliografía
seleccionada sobre Latinoamerica y el Caribe"; G.Palacio, "En
búsqueda de conceptos para una historiografía ambiental", en G.Palacio
(ed.), Naturaleza en disputa, U.Nacional/ICANH, Bogotá 2001, pp. 37-74.
[36] Véase J.McNeill, Something New Under the Sun, Norton 2000.
[37] La bibliografía de
historia ambiental de América Latina más completa, aunque muy heterogénea y a
veces demasiado incluyente, es probablemente la compilada por Lise Sedrez y
otros, accesible en la red en <http://www.stanford.edu/group/LAEH/>
(Abril 2002).
[38] P. Bevilacqua, Demetra
e Clio, pp. 5-7.
[39] L.Vitale, Hacia una
historia del ambiente en América Latina: De las culturas aborígenes a la crisis
ecológica actual, Nueva Imágen, México 1983.
[40] Para la desmitificación de lo que ha sido codificado como el "mito de la naturaleza prístina", con su corolario de "buen salvaje ecologista", véase W.Denevan, "The prystine myth: The landscape of the Americas in 1492", y K.W. Butzer, "The Americas Before and After 1492: An Introduction to Current Geographical Research", en Annals of the Association of American Geographers 82(1992), n. 3, pp. 345-85. En otro contexto geográfico, véase S.Sinha, S. Gururani, B.Greenberg, “The ‘New Traditionalism’ Discourse of Indian Environmentalism”, in Journal of Peasant Studies, 24 (1997), pp. 65-99. Para enmarcar el mito en las ideas occidentales de naturaleza, es interesante P.Coates, Nature: Western Attitudes since Ancient Times, University of California Press 1998, pp. 84-95.
[41] W.W. Rostow, The Stages of Economic Growth, Cambridge 1960.
[42] T.S. Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, FCE, México 1981. Sobre las ambiguas definiciones de "paradigma" en Kuhn, véase M.Mastreman, "The Nature of a Paradigm", en I.Lakatos and A.Musgrave, Criticism and the Growth of Knowledge, Cambridge University Press 1970, pp. 59-90.
[43] Además de los pioneros
ensayos de W.Dean, With Broadax and Firebrand: the Destruction of the
Brazilian Atlantic Forest, University of California Press, Berkeley, CA
1995 y Brazil and the Struggle for Rubber: a study in environmental history,
Cambridge University Press 1987, merecen ser señalados J.Soluri, "People,
Plants, and Pathogens: the Eco-social Dynamics of Export Banana Production in
Honduras, 1875-1950", en Hispanic American Historical Review 80(2000),
pp. 463-501, A.Zarrilli, "Historia, Ecología y desarrollo agrario en la
Argentina: la region pampeana (1890-1950)", ms., C.G. Zarate, Extracción
de quina: la configuración del espacio andino-amazónico de fines del siglo XIX,
Universidad Nacional de Colombia/Imani, Bogotá 2001, y el volúmen de próxima
publicación (ILAS, Londres 2002) editado por C.Brannstrom sobre temas de
historia ambiental de América Latina, s.XIX y XX. Para una visión general del
período en clave ecohistórica, aunque con fuertes influencias economicistas,
véase G.Castro Herrera, Los trabajos de ajuste y combate: Naturaleza
y sociedad en la historia de América Latina, Casa de la
Américas/Colcultura, La Habana/Bogotá, 1994, cap. 5 y 6.
[44] La literatura sobre el tema es enorme y accesible en varios idiomas. Entre los aportes más recientes, véase S.C. Topik and A.Wells (eds.), The Second Conquest of Latin America: Coffee, Henequen, and Oil during the Export Boom, 1850-1930, University of Texas Press 1998, y J.Coatsworth and A.Taylor (ed.), Latin America and the World Economy Since 1800, Harvard University Press 1999.
[45] V.Bulmer Thomas, La
historia económica de América Latina desde la independencia, FCE, México 1998,
p. 27.
[46] Para una discusión
sobre el tema, véase E.Melville, "Global development and Latin American
Environments", en T.Griffiths and L.Robin, Ecology and Empire:
Environmental History of Settler Societies, Keele University Press,
Edinburgh 1997, pp. 185-98, y, aunque no específicamente sobre América Latina,
J. McNeill, Something New Under the Sun, Norton 2000 (la traducción al
castellano publicada por Alianza se encuentra en proceso).
[47] E.Dore, "La
Interpretación Socio-Ecológica de la Historia Minera de América Latina", Ecología
Política 7(1994) y de la misma autora "Open Wounds", en Report
on the Americas 25(1991), pp. 14-21, ha tratado el tema de la amalgama,
aunque sólo tangencialmente.