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PUBLICACIÓN ELECTRÓNICA DE HISTORIA, ARCHIVÍSTICA Y ESTUDIOS SOCIALES.

 

Menjívar Ochoa Mauricio. De ritos, fugas, corazas y otros artilugios: Teorías sobre el origen del hombre o de cómo se explica la génesis de la masculinidad

VOL.  9 No.25.  NOVIEMBRE DEL 2004.  UNIVERSIDAD DE COSTA RICA.  ESCUELA DE HISTORIA.

DIRECTOR: Doctor Ronny Viales Hurtado

CONSEJO EDITORIAL

Máster Francisco Enríquez,

Especialista en Historia Cultural

Doctor Juan José Marín

Especialista en Historia Social

Doctor Ronny Viales

Especialista en Historia Económica

Doctor. Guillermo Carvajal

Especialista en Geografía Urbana

Máster Bernal Rivas

Especialista en Archivística

Máster Carmen L. Fallas

Especialista en Estudios Sociales

 

 

 


De ritos, fugas, corazas y otros artilugios:

Teorías sobre el origen del hombre o de cómo se explica

la génesis de la masculinidad

 

Mauricio Menjívar Ochoa[i]

 

Introducción

 

En los últimos lustros, el análisis de la condición masculina ha ido adquiriendo un estatuto propio como objeto de estudio de las ciencias sociales, muy posiblemente asociado a la crítica feminista que cuestionó la equiparación entre hombre y humanidad[ii]. Si bien nunca se dudó del estatus de los hombres como sujetos de conocimiento, al separárseles de su connotación universalista para ser reducidos a la de sujeto masculino[iii], ha debido pensarse en estos a partir de sus condiciones específicas igualmente susceptibles de ser conocidas.

 

Más específicamente se podría señalar que este descentramiento de la posición de los hombres ha tenido varias consecuencias en las ciencias sociales, entre las que nos interesan apuntar dos. En primer lugar, desde ya varios años los estudios en diferentes partes del orbe formulan preguntas antes impensables sobre las subjetividades y las identidades masculinas, y sobre la manera en que se llega a ser hombre. En segundo lugar, y ligado a lo anterior, emergen perspectivas de análisis parten de la premisa de la plasticidad humana[iv]. Ello significa que el panorama explicativo deja de estar dominado por los enfoques que hacen de la virilidad una esencia o una cuestión reducida a la biología. Aún mas, estas perspectivas esencialistas ya no parten de que la virilidad sea un dato ya dado por el sentido común, por lo que se preocupan por desarrollar explicaciones más o menos elaboradas.

 

Partiendo de estas consideraciones, el presente ensayo tiene como propósito central abordar  y problematizar algunas de las explicaciones que ciertos estudios sobre la condición masculina han brindado sobre un punto básico: la génesis social de la masculinidad. Ello implicaría abordar dos cuestiones: si los hombres se hacen ¿qué elementos contribuyen a explicar la manera en que se construye la masculinidad? Y si, por el contrario, no se hacen ¿qué explica entonces su condición como hombres?. Para  esta tarea haremos una revisión de perspectivas principalmente de orientación sociológica, antropológica así como de inspiración psicoanalítica, algunas de las cuales parten de la masculinidad como construcción social mientras que otras la abordan desde posturas esencialistas y biologistas.

 

1. El eterno masculino

 

Una de las principales corrientes de las cuales se han derivado explicaciones sobre la condición masculina, es aquella de orientación sociobiologista. Para los también llamados diferencialistas o que sostienen la existencia de un eterno masculino, el comportamiento  humano "se explica en términos de herencia genética y de funcionamiento de las neuronas. Herederos de las tesis de Darwin, creen que la conducta humana resulta de la evolución y de la necesidad de adaptarse". Estas teorías sociobiológicas sostienen que "los sexos no están hechos para entenderse sino para reproducirse". De gran asidero en el sentido común patriarcal, esta corriente consideraría que la condición de los hombres es innata y viene dada por los espermatozoides –así como la de las mujeres por los ovarios. Los hombres estarían en "competencia inevitable por la posesión del potencial reproductivo limitado de las hembras", extrapolando modelos de comportamiento basados en la naturaleza. Sería la capacidad dada por la fuerza y la agresividad lo que cuenta en esa competencia y sólo los que poseen tales atributos logran imponerse.[v]

 

Para otros esencialistas, no es la genética ni los espermatozoides lo que está a la base de ser hombre sino el falo. Este es el caso de Eugene Monick, para quien eso es lo que “los hombres son”: falo –que es erección y nunca un pene flácido-. Es este el que “abre la puerta a la profundidad masculina”. De inspiración jungüeana, para Monick “la literatura sicoanalítica ha ignorado al falo como fuerza originadora (...) como elemento primordial de la psiquis”[vi]. En su texto, la argumentación tiene como punto de origen las implicaciones que tuvo sobre el autor descubrir, a la edad de siete años, el falo de su padre.  En sus palabras:

 

“...recuerdo (...) el poderoso efecto que el incidente tuvo en mí. Ahora pienso que consideré la masculinidad de mi padre como una revelación (...) sé que la masculinidad estaba claramente presente ante mí”[vii]

 

En esta concepción falocéntrica de la masculinidad, existen varios elementos a destacar. Un primer aspecto deriva de la noción de siquis que, según Monick, viene de Carl Jung, Jung habría entendido la siquis “en el sentido original griego de alma, esa parte de la experiencia humana que llega a uno desde adentro”, que interactúa con el “mundo exterior, pero en ningún caso como un epifenómeno de éste”[viii]. La masculinidad sería, entonces, un mundo interior esencial y no un producto externo o, valiera decir en nuestros propios términos, un producto social.

 

Este mundo interior no es meramente individual, sino “transpersonal”. Es decir, se trata de un mundo esencial sin historia, común a todos los hombres pero que les trasciende. De este mundo transpersonal es de donde, al no encontrar un mejor término, se encuentra la fuente de la cual emana la identidad masculina. Según Monick, si bien este mundo no le era completamente ignorado antes de su experiencia frente al falo paterno, habría sido hasta entonces cuando aquel mundo le fuera revelado:

 

“Era un mundo que de alguna manera yo sabía que existía, pero hasta esa revelación no tenía ninguna imagen tangible que encarnara mi incipiente sentido interior (...) El y yo estábamos unidos dentro de una identidad masculina que tenía sus raíces más allá de ambos”.[ix]

 

Monick ha atribuido al falo una “naturaleza sagrada” pues para un varón “el falo porta la imagen divina interior de lo masculino”. De aquí que, según este autor, se pueda explicar que la disminución de nuestra masculinidad se iguale a la pérdida del órgano sexual masculino, mientras que el logro de la virilidad se iguale a su uso activo. Convertido en un “símbolo religioso y sicológico”, el falo “decide por su propia cuenta –independientemente de las decisiones del ego de su dueño- cuándo y con quién entrar en acción” [x]. Presentado como un “arquetipo en su esencia”, los “hombres no pueden –por más que deseen lo contrario- hacer que el falo obedezca al ego. El falo tiene su propia mente”[xi].

 

Así, este ente divinizado y autónomo, “gobernado por su propia ley o naturaleza interior”[xii], coloca el tema del origen de la identidad masculina afuera de cualquier explicación de origen cultural y lo ubica en este mundo-interior-transpersonal.

 

No obstante, si la cultura juega un papel, en la perspectiva de Monick se trata de uno represivo y no genético: la cultura inhibe la “conducta fálica”. Basado en su propia experiencia señala que antes de su “revelación” en el lecho paterno:

 

“El falo estaba reprimido en las estructuras culturales de mi socialización: educación, civismo, profesión. En ese mundo no hay lugar para el falo como imagen divina; no le permite participar en la vida cotidiana”.[xiii]

 

Según él, de la misma manera en que se evade culturalmente al falo “como imagen divina”, los hombres estarían ocultando “su fuete de autoridad y poder no exponiendo su sexualidad, sus genitales”. [xiv]

 

Aún así, existiría un “deseo masculino de participar en la cofradía –veneración masculina del dios-”. Esto se concretaría en rituales de pasaje como los existentes en Uganda, donde:

 

“...la circuncisión masculina era motivo de una gran celebración tribal. La circuncisión ritual era la forma en que un niño se convertía en hombre, y era necesario que el joven pasara la severa prueba sin retroceder ni acobardarse”.[xv]

 

De manera consecuente con su postura esencialista, Monick pareciera encontrar en tales rituales no uno de los factores sociales que intervienen en la construcción de la masculinidad sino, más bien, la muestra de que el mundo interno tiene que ser sacado de su letargo. Otras autores, también de inspiración yungüeana, comparten la idea de que existen “estructuras profundas de la psique masculina” que deben ser desbloqueadas por rituales tribales homosocializadores[xvi]. En este caso serían el “patriarcado” y el “feminismo”, quienes habría contribuido a generar este bloqueo o, en otros términos, a impedir una “conexión adecuada con las energías masculinas profundas e instintivas, con los potenciales de la masculinidad madura”, tal y como hemos reseñado en otro lado[xvii].

 

2. La masculinidad como negación o de la huida de la feminidad

 

Entre los llamados Men’s Studies y estudios afines de orientación crítica a los supuestos esencialistas, es bastante aceptado que la construcción de la identidad masculina surge de un doble proceso: la identificación con un modelo masculino y el repudio o la diferenciación de la feminidad. Para dar sustento teórico a esta aseveración, algunos han partido de la psicología y del psicoanálisis.

 

Siguiendo los argumentos de Freud, Michael Kimmel ha señalado la significación del proyecto edípico, el cual resulta decisivo para la génesis de la masculinidad. Este proyecto es un proceso de renuncia del niño “a su identificación con el profundo vínculo emocional con su madre, reemplazándolo entonces por el padre como objeto de identificación”. Según este modelo, la sexualidad del muchacho pasará a parecerse a la sexualidad del padre  “(o por lo menos, a la manera que él se imagina a su padre): amenazante, devastador, posesivo y posiblemente, castigador. El muchacho ha llegado a identificarse con su opresor; ahora él mismo puede llegar a ser el opresor” [xviii].

 

No obstante, en el joven persiste el temor a fracasar en su tarea de ser un “hombre total” al ser “de-sexuado” como tal; ello le relegaría a ser un “hijito de su mamá, un afeminado”. Así, para Kimmel, la hombría llega a ser una búsqueda de toda la vida para demostrar su logro, “como si probáramos lo improbable a los demás, porque nos sentimos tan inseguros de nosotros mismos”[xix].

 

Según Kimmel, la adquisición de la identidad de género masculina tiene como indicador “el impulso de repudiar a la madre”, lo cual tiene tres consecuencias para el muchacho. La primera empujaría “lejos a su madre real, y con ella los rasgos de acogida, compasión y ternura que pudiera haber encarnado”. La segunda consecuencia es que tiene que suprimir en sí mismo tales rasgos, cuya posesión revelaría “su incompleta separación de la madre”. La demostración de que ha logrado separarse deberá ser desplegada permanentemente a lo largo de su vida. Según señala este autor  “la identidad masculina nace de la renuncia a lo femenino, no de la afirmación directa de lo masculino, lo cual deja a la identidad de género masculino tenue y frágil”. En tercer y último lugar, y como demostración de su éxito diferenciador, el joven llega a aprender que debe “devaluar a todas las mujeres en su sociedad, como encarnaciones vivientes de aquellos rasgos de sí mismos que ha aprendido a despreciar”. He aquí, según Kimmel, los orígenes del sexismo, que Freud, de manera conciente o no, habría contribuido a descubrir[xx].

 

Las maniobras masculinas para evitar la simbiosis con la madre, también han estado a la base del trabajo realizado por Robert Stoler y Gilbert Herdt. En un estudio psicodinámico realizado a partir de los sambia de Nueva Guinea, aportan otras hipótesis sobre la construcción de la masculinidad en el marco de relaciones familiares[xxi].

 

Una primera hipótesis sobre esta tribu –que fomenta un tipo de masculinidad feroz con el fin de “obtener éxito en la guerra y en la caza- apunta a que “cuanto más prolongada, íntima y placentera sea la simbiosis entre la madre y su hijo varón, mayor es la posibilidad de que un niño se vuelva femenino. Si el padre no interrumpe de un modo eficaz esa fusión, el niño puede llegar a convertirse en transexual”. Cabe anotar que en esta fórmula confluirían una madre que de niña habría sido “masculinizada”, y un padre ausente y desdibujado “inepto como modelo de masculinidad”.[xxii]

 

La segunda hipótesis propone que “los niños varones deben desarrollar barreras intrapsíquicas contra su deseo de fusión con la madre”. De esta manera, la masculinidad social resultaría de tal defensa contra la simbiosis, lo cual a su vez implicaría:

 

“...envidia y temor ante la mujer, necesidad de mantenerla a distancia y rebajarla aunque se la desee. La rudeza, el machismo y la homofobia son manifestaciones defensivas para renegar de cualquier aspecto femenino del si mismo”[xxiii]

 

Stoler y Herdt concluirían que “si se supera la simbiosis y se instala la separación psicológica con respecto de su madre, un niño puede avanzar hacia cuestiones edípicas, o sea, desear tenerla para sí en lugar de ser como ella. Para este fin se identificará con el padre, a quien admira...”. Así, la creación de una masculinidad beligerante por parte de los sambia responde a una “reacción defensiva frente a las amenazas del medio ambiente...”[xxiv]

 

Elizabeth Badinter ha brindado una argumentación que parte de autores como Eric Erikson –del cual también parten Stoler y Herdt-, J. Money, A. Ehrhardt  y Ruth Hartley que dan fundamento a los conceptos de identidad y de diferencia.

 

Según Badinter,  gracias a Erik Erikson sabemos que la adquisición de una identidad, ya sea social o psicológica, es un proceso "que implica una relación positiva de inclusión y una negativa de exclusión. Uno se define en base a semejanzas y diferencias" [sic]. El sentido de identidad sexual operaría de esa manera. Erikson habría señalado la importancia del  concepto de diferenciación:

 

“...Se sabe que un niño puede distinguir su identidad sexual gracias a la diferenciación con los miembros del sexo opuesto, y que esa diferenciación tiene tanta importancia como la identificación con los del mismo sexo”.  [Por su parte] J. Money y A. Ehrhardt  subrayan la importancia del código negativo. No sólo es un conjunto 'vacío' sino que sirve a la vez de modelo de lo que no debe hacerse y de lo que es propio del otro sexo"[xxv]

 

De igual manera, la psicóloga Ruth Hartley habría llegado a la conclusión de que el niño se define ante todo por vía negativa:

 

“Los hombres aprenden antes lo que no deben ser para ser masculinos, que lo que deben ser. Para muchos niños la masculinidad se define simplemente como: lo que no es femenino. Nacido de mujer, acunado en un vientre femenino, la criatura masculina está condenada a dedicar gran parte de su vida a diferenciarse, cosa que no sucede con la criatura femenina...”[xxvi]

 

Según Hartley, la negación que debe efectuar todo varón para “afirmar” su masculinidad es triple, y no sólo respecto de la madre, fundamento de lo femenino. También tendrá que convencer al resto, y a sí mismo, de que no es un bebé y que no es un homosexual. Así, la identidad masculina sería  secundaria, en tanto que al primer momento de identificación con la madre seguiría “aquella negación que es la masculinidad”. En el caso de la niña, no sería de necesaria tal separación y proceso de negación con la madre ni en un primer momento ni después. Más bien, se asistiría a un proceso de identificación[xxvii].

 

Badinter ha sugerido que este principio de diferenciación sexual es de carácter universal; sucede en todos los tiempos y lugares, aún cuando la manera como se produzca varíe “considerablemente de una sociedad a otra”. Para ella, la explicación social sería insuficiente y no podría sustituir al factor psicológico. Según ella:

 

“La necesidad de diferenciarse del otro no es un producto del aprendizaje sino una necesidad arcaica (...) El acto cognoscitivo empieza a operar a partir de la distinción y la clasificación, pero sobre todo, a partir del dualismo. El niño aprende a clasificar gentes y objetos en dos grupos, uno parecido a él, el otro opuesto".[xxviii]

 

En este sentido se utilizan las categorías de masculino o femenino para comprender el mundo y, sobre todo "para entenderse a sí mismos"[xxix].

 

Kimmel ubicaría a la diferenciación masculina respecto de la madre a la base del sexismo, a lo cual habría que añadir con Badinter que la raíz de ser misógino[xxx], cruel, además de polígamo, duro, perverso fuerte, independiente, etc., viene de esta separación y del temor a la homosexualidad, como producto de la identificación con la madre[xxxi].

 

Varias observaciones pueden hacerse a los enfoques realizados por estos autores. El planteamiento de Kimmel, al partir de la importancia del proyecto edípico, pareciera esencializar en la feminidad rasgos como la compasión y  la ternura. Sin embargo, estas características son parte del modelo hegemónico de feminidad posicionado en las relaciones patriarcales. Es decir, no es un rasgo psíquico sino una construcción social. Tampoco las mujeres, ni todas ni siempre, pueden operar bajo dicho patrón ni alcanzar este “ideal”. Elizabeth Badinter, en su muy lúcido texto ¿Existe el instinto Maternal?..., ha dado convincentes pruebas a partir del caso francés, de que el amor maternal es una construcción histórica con fines políticos. A la altura del siglo XVIII, el niño era considerado mas como un estorbo para todas las mujeres que se ven obligadas a trabajar para vivir, que como objeto de ternura. El resultado es que su abandono es una práctica común y sin censura social[xxxii]. Si bien la reflexión a partir de la evidencia empírica debe ser reforzada, las evidencias sugieren que este principio edípico debería ser revisado históricamente, lo cual nos haría dudar, al meno en principio, de su aplicabilidad como herramienta analítica generalizable en el sentido utilizado por Kimmel.

 

Podría resultar más razonable el principio de diferenciación psíquico sostenido por Badinter: es del todo coherente pensar que los seres humanos operamos a partir de la identidad y la distinción para definirnos en el mundo. No obstante, otra evidencia sugiere que no podemos depreciar la explicación social en favor de esta supuesta necesidad arcaica que sería la diferenciación. David Gilmore ha recogido varias reseñas sobre la sociedad tahitiana que datan desde el siglo XVIII, las cuales testimonian las escasas diferencias entre mujeres y hombres, no sólo en el plano de los roles, sino en el de la agresividad y la ternura. Retomando el estudio de Robert Levy realizado en los años sesenta, Gilmore escribe:

 

“...que las diferencias entre los sexos ‘no están muy marcadas’ en Tahití, sino que son más bien ‘borrosas’ o ‘difusas’. Los varones no son más agresivos que las mujeres, ni las mujeres más ‘tiernas’ o ‘maternales’ que los hombres. Además de tener personalidades similares, los hombres y las mujeres desempeñan papeles tan parecidos que casi resultan indistinguibles”[xxxiii]

 

Tampoco habría existido entre los hombres angustia ni ansiedad al asumir lo que Levy conoce como “una identidad femenina”. El “afeminamiento” se aceptaría como un tipo corriente y general de personalidad masculina. De tal manera, si bien el tipo sexista y patriarcal está claramente más difundido, la diferenciación no pareciera ser una necesidad tan arcaica y universal como propone Badinter y su rol fundante de la masculinidad tendría una fuerza explicativa parcial. Así, y aunque esta evidencia no invalida del todo los argumentos de corte psicologista, si los relativiza y obliga, nuevamente, a la contrastación histórica.

 

Por último habría que añadir que Maurice Godelier, desde una mirada antropológica, ha cuestionado el “rol fundante que el psicoanálisis ha asignado a la sexualidad para la estructuración de la subjetividad humana”, pues para este autor el análisis debería subordinar la sexualidad a los arreglos de poder. Aquí la sexualidad aparecería más como “una herramienta eficaz para instalar jerarquías”[xxxiv].

 

3. La virilidad en las explicaciones antropológicas: utilidad vrs. poder

 

Dentro de las explicaciones antropológicas, la de David Gilmore propone que la utilidad social se encontraría a la base de la génesis de la masculinidad. La virilidad, en palabras del propio Gilmore, sería una instrumental construido culturalmente cuyo propósito es el de la perpetuación social, o en sus términos:

 

“...para perdurar, todas las sociedades se enfrentan a dos requisitos básicos y formales: la producción y la reproducción, es decir, la economía y el renacer” (...) Por razones anatómicas u otras, en la mayoría de las sociedades las mujeres se responsabilizan de la reproducción y los varones de la producción (y defensa).[xxxv]

 

En este tanto, la derivación de la propuesta de Gilmore es que el origen cultural de la masculinidad es erigida por el grupo para que sea funcional con sus necesidades. Este autor sostiene que la continuidad básica de la sociedad enfrenta menazas directas o indirectas, las cuales son de dos tipos: la primera, de tipo interno, es la entropía, que es el peligro de que “la materia se convierta en energía libre y las cosas ‘se desmoronen’ por si mismas”. La segunda es de tipo externo: son “los peligros inherentes a la vida humana (y animal) (...): depredadores, animales salvajes, recursos limitados”. Debido a estas amenazas la cultura despliega “códigos y normas morales” cuyo propósito es el de “animar” a la gente “ (...a veces con premios y castigo psicológicos, en vez de materiales) a perseguir unos fines sociales, al mismo tiempo que satisfacen sus propios deseos personales”, es decir que la cultura reconcilia “las metas individuales con las del grupo”[xxxvi]

 

Con este punto de partida podríamos señalar que la explicación respecto de cómo se construye la virilidad combina tesis que otorgan un papel crucial a la ideología, al entorno y a la psicología, mismas que pasamos a revisar.

 

La primera gran tesis propuesta por este autor, aludiendo a la ideología, es que la virilidad sería “la barrera social que las sociedades deben erigir” frente a las amenazas tanto internas como externas, las cuales harían “peligrar la vida en grupos”. La virilidad sería una estrategia humana que habría dado buenos resultados “en la mayor parte de las circunstancias”. Se trata de una virilidad bajo presión que habría permitido a la mayoría de los grupos humanos afrontar situaciones de guerras así como de escasez material[xxxvii]. Aquellos que no habrían tenido tales exigencias funcionarían como contrapunto explicativo; tal sería el caso de los tahitianos, antes mencionados, o el de los semai, que encuentran en la huida una respuesta social válida.

 

Lo anterior da cabida a una segunda tesis de corte materialista. Partiendo de Marx en Críticas al Programa Gotha, sostiene que “todo valor social es el producto del trabajo humano  actuando sobre las materias primas de la naturaleza”. Toda formación social dependería para su reproducción “de un sostenido nivel de trabajo, del esfuerzo humano que constantemente extrae orden y sentido del flujo de la naturaleza. Los ideales de virilidad, como parte de la cultura, serían un producto del trabajo físico y mental, parte del “esfuerzo humano que constantemente reproduce las condiciones que le dieron nacimiento”, y que hace una contribución a la constructividad general. A pesar del fuerte énfasis que pareciera otorgarle al trabajo, según este autor lo que operaría, más que una relación de causalidad, es una acción combinada “entre el contexto material de una sociedad y su ideología”. [xxxviii]

 

El tercer factor necesario en la ecuación de la virilidad, junto con la ideología y el entorno es “la dimensión psicológica”. Gilmore propone que existe una “tendencia humana universal” a huir del peligro y a “buscar consuelo en el regazo de la madre”, que sería lo que denomina como “regresión psíquica”. Los hombres encontrarían en esta regresión, los obstáculos para el desempeño de su papel en condiciones de gran adversidad, ya sea para defender o para proveer al grupo. De ahí “la formación-reacción de una masculinidad omnicompetente y reacia a las fobias”[xxxix].

 

La lucha por la masculinidad sería, entonces, una batalla contra tales deseos y fantasías regresivas, una difícil renuncia a los anhelos del idilio infantil que resulta inaceptable, no sólo para el individuo, sino “para la sociedad como mecanismo en funcionamiento”. Así, diría nuestro autor, desde el punto de vista posfreudiano “la imaginería de la virilidad puede interpretarse como una defensa contra el eterno niño interior [xl]. Para la elaboración de esta imaginería las sociedades recurrirían a las aprobaciones culturales, ritos y pruebas de aptitudes y resistencia, que no sería una esencia o un arquetipo, como señalarían los autores de inspiración jungüeana, sino un producto cultural altamente funcional.

 

El resultado presentado por Gilmore es una virilidad bajo presión basada en la doctrina del logro, orientada a la lucha y al rendimiento y a cumplir tres requerimientos morales: preñara la mujer, proteger a los que dependen de él y mantener a los familiares. Esto por supuesto, en las sociedades que enfrentan condiciones hostiles en su medio.

 

Otros autores y autoras también han partido de algunos supuestos o llegado a algunas conclusiones, similares a la de Gilmore respecto de los factores explicativos de la génesis de la masculinidad, aunque con niveles de profundidad y propósitos distintos. Un texto de difusión sobre el tema de la masculinidad acoge la perspectiva funcionalista, aunque de manera más llana. Efectivamente, en su texto Intimidades masculinas. Walter Riso supone la utilidad de la fuerza física “en los niveles preestatales de la civilización”, donde el poder muscular masculino era importante en dos tipos de situaciones: era necesario que los hombres fueran fornidos para la guerra así como cuando “el hábitat se volvía hostil”, con lo que “el músculo comenzaba a ser determinante para la sobrevivencia”. Igualmente rescata los ritos de iniciación masculina que partía del principio de que “para hacerse hombre y ser reconocido como tal, es necesario sufrir” [xli]. No obstante, este autor no ha profundizado en los motivos funcionales que se encontrarían a la base de dichos rituales.

 

En un mayor nivel de complejidad, y a partir de un estudio en que compara “ciento cincuenta sociedades investigadas etnográficamente”, la antropóloga feminista Peggy Reeves Sanday ha partido de una tesis similar a la de Gilmore en donde se sostiene una relación explicativa entre medio ambiente y masculinidad. Según reseña Irene Meler, esta autora “observa que cuando las condiciones ambientales son adversas, ya sea porque el entorno geográfico se inclemente, o árido, o los vecinos belicosos, y cuando a causa de esos factores el grupo haya debido migrar o embarcarse en guerras, el dominio masculino aumenta”[xlii].

 

Debe anotarse que Reeves incorpora, no obstante, el problema de la dominación masculina, que no se encuentra incorporado en el andamiaje conceptual de Gilmore. Irene Meler ha resaltado críticamente este aspecto, que guarda particular importancia para nuestra discusión sobre los factores fundantes de las masculinidades. Como hemos señalado, Gilmore parte del supuesto marxista de que toda formación social es producto del trabajo humano actuando sobre la naturaleza. Para la continuidad de tal formación, sería necesario un nivel sostenido de trabajo, productor de orden y sentido a partir del flujo de la naturaleza. No obstante, según señala Meler, este autor obviaría un aspecto medular de la teoría marxista, a saber:

 

“su énfasis en el conflicto existente entre diversos sectores sociales y en la tendencia humana a explotar a sus semejantes estableciendo relaciones de dominación. La sociedad que percibe Gilmore [continua Meler] parece un conjunto homogéneo, cuyos intereses son comunes.”[xliii]

 

Dentro de la conflictividad social se encuentra la dominación y el abuso masculinos sobre las mujeres, que el planteamiento de Gilmore nublaría. Y ciertamente, aunque el antropólogo ha explicitado que en las sociedades con una virilidad bajo presión las mujeres suelen estar bajo el control de los varones, desestima el factor explicativo que las perspectivas “feministas radicales” y “los marxistas más doctrinarios”, han otorgado al poder como explicación universalmente aplicable. Al referirse a las interpretaciones sobre los “roles sexuales” que aquellas han brindado,  Gilmore desestima que la ideología sexual tenga siempre una “función explotadora”. Esto necesariamente llevaría a preguntarse ¿a quién beneficia?. La respuesta en estas teorías, según este autor, es que las ideologías masculinas serían

 

“...máscaras o justificaciones de la opresión de la mujer. Ven las ideologías masculinas como mistificaciones de las relaciones de poder, como ejemplos de falsa conciencia”[xliv].

 

Gilmore sólo considera posibles tales explicaciones en casos extremos de dominación masculina y como explicación parcial pero no como explicación universal. Cita casos de los muchachos bosquimanos, cuya cultura es considerada como igualitaria por las feministas, quienes deben someterse a pruebas de resistencia y destreza que no incluyen a las muchachas. También señala que en otras culturas la concepción de masculinidad no tiene función opresora[xlv].

 

Para nosotros pareciera evidente que en estas posturas críticas a ciertos feminismos y marxismos gravita la  argumentación sobre la funcionalidad o utilidad social que tanto peso otorga este autor a la masculinidad: los hombres son llevados a cumplir un papel para la sobrevivencia del grupo. No obstante, y por otro lado, Gilmore obvia la falta de involucramiento de los hombres en la proveeduría de sus hijos e hijas en sociedades 7occidentales, cuestión que ha pasado a formar parte de la agenda en algunos países y de algunos organismos internacionales[xlvi].  A este respecto una hipótesis arrojada por nuestro estudio sobre el tema de la paternidad en Costa Rica[xlvii], es que para algunos hombres la noción de familia, y las responsabilidades masculinas que se adquieren con el vínculo familiar, cubre fundamentalmente a la relación de pareja en la que se encuentran inmersos así como los hijos de esa relación. De esta suerte con la distancia temporal y espacial, su relación con hijos e hijas de relaciones anteriores, van perdiendo intensidad y frecuencia.  Lo dicho problematizaría la postura de Gilmore en lo relativo a la protección y manutención de todos sus familiares, y restaría peso a su explicación funcional.

 

Otra visión que brindan un contrapunto a las tesis funcionalistas de Gilmore es la de Maurice Godelier,  y en la cual la utilidad social no se encuentra a la base de la génesis de la virilidad. Con un enfoque que privilegia el conflicto Godelier realiza un estudio antropológico sobre la tribu baruya de Papúa, Nueva Guinea. En esta perspectiva:

 

“...la división sexual del trabajo y los roles de género, lejos de constituir artilugios destinados a la supervivencia del grupo, son recursos para establecer las jerarquías sociales y la dominación masculina como el arreglo básico sobre el que ellas se sustentan”[xlviii]

 

Las bases del poder masculino se sustentarían en que las mujeres son excluidas de los medios de producción, de la política y de lo simbólico. No obstante, el problema de este planteamiento sería, a decir de Irene Meler, que “la división del trabajo no sirve como causa explicativa del dominio, porque lo presupone”, y que Godelier al explicitar la dominación no habría registrado “que existe una cierta funcionalidad en algunos arreglos”.[xlix]

 

4. Masculinidad: la construcción del imaginario sobre los cuerpos

 

La última tendencia que nos interesa abordar en este ensayo, es heredera del desarrollo de la categoría de género que fuera planteada por las feministas anglosajonas de finales de los años sesenta y comienzos de los setenta[l].

 

Según esta línea de pensamiento de los estudios sobre masculinidad, la imaginería de la virilidad –y por lo tanto la feminidad- es construida sobre los cuerpos a partir de un hecho arbitrario: la genitalidad y la reproducción u otros factores de la “naturaleza humana”[li]. Este imaginario es interiorizado por los hombres, quienes a su vez participan reproduciéndolo y recreándolo de manera mas o menos activa, con márgenes de maniobra ciertamente estrechos. Es decir, y a grandes rasgos, la identidad masculina encuentra su origen a los procesos de socialización e interiorización de las nociones de género, mismas que se fundamentan en la producción simbólica a partir de las diferencias anatómico-biológicas corporales.

 

Partiendo de esta línea de pensamiento, Joseph-Vincent Marqués plantearía que el proceso de socialización –que tiene lugar luego de la constatación de la anatomía-, jugaría un papel básico en la instauración de la masculinidad en los individuos particulares. Con la socialización “se trata de fomentarle [a los hombres] unos comportamientos, de reprimirle otros y de transmitirles ciertas convicciones de lo que significa ser varón” [lii]. Pero más aún, el “núcleo de la construcción social del varón  radicaría en que durante tal proceso de socialización los hombres son señalados como importantes:

 

“Ser varón en la sociedad patriarcal, es ser importante. Este atributo se presenta con un doble sentido: por una parte, muy evidente, ser varón es ser importante porque las mujeres no lo son; en otro aspecto, ser varón es ser muy importante porque comunica con lo importante, ya que todo lo importante es definido como masculino”[liii]

 

En este planteamiento la socialización brinda un modelo que debe ser seguido por los sujetos a partir de un proceso simultáneo que procura homologar y diferenciar. El mecanismo de homologación opera cuando se busca reducir las diferencias personales potenciales entre los individuos varones, a los cuales se trata de uniformar en un único modelo masculino. Se busca abrir las diferencias cuando se  contrapone a los varones con respecto de las mujeres, las cuales, a su vez sufren un proceso análogo.

 

En el caso de los varones, Marqués sostiene que éstos son encarados con un Modelo-Imagen de sí mismo que cumpliría dos funciones contradictorias: la de refugio, por una parte, y la de impugnación y angustia, por otra. La primera función serviría a manera de “consuelo”, para aquellos hombres ubicados en una jerarquía inferior en la escala intra-genérica, es decir, aquella marcada por las relaciones hombre-hombre. El consuelo radicaría en que, siendo imposible para todos poder ubicarse en las categorías de jefatura, para la cual todo hombre habría sido criado, al menos a todos cubre el beneficio del “orgullo corporativo masculino”, marcado por el hecho de que ser varón es ser importante. Como señala Marqués, este orgullo se afincaría en el consuelo de que “prestigiosos o importantes personajes resultan ser sus colegas o congéneres. Dios Padre, Jesucristo, el Papa, Alejandro Magno...”  y una interminable lista, “son socios del mismo club al que pertenece el varón” [liv]

 

Sin embargo la segunda función, esto es, la impugnación y la angustia, se producen al analizar el saldo que deja la comparación del varón promedio con tales figuras. Así, la gran mayoría resultamos ser “muy poca cosa”, y la tal constatación puede suponernos una impugnación de nosotros mismos “... Ser varón es potencialmente estar condenado a la angustia”[lv] (21)

 

De esta suerte, mientras que la primera parte de este modelo patriarcal es altamente tranquilizadora puesto que “ser varón es ya ser importante, de modo que quien es varón es importante por ese solo hecho”, la segunda parte conlleva a la vez una obligación y una posibilidad de ser impugnado dentro del colectivo: “ser varón obliga a ser importante, de modo que quien es varón sólo si consigue ser importante llega a ser propia o plenamente varón” [lvi].

 

Así el mensaje que da origen a la masculinidad es profundamente dual. La virilidad aparece más endeble y precaria que sólida así como condenada al inacabable juego validación-impugnación. Siguiendo la lógica argumentativa de Marqués, encerrándolos esta dualidad, la sociedad patriarcal sienta las bases para convertir a los hombres en sus “socios útiles”. En esta aseveración asoma, nuevamente, la masculinidad como componente funcional de la sociedad. Sólo que en este caso la sociedad patriarcal aparecería como un sujeto con racionalidad propia, y el fin no es la sobrevivencia del conjunto sino la dominación en la que os hombres seríamos accionistas.

 

Michael Kaufman también ha partido de la idea de la interiorización del género y de la complicidad masculina, aunque otorgando un mayor peso a la categoría del poder así como a los hombres como agentes del proceso. Para este autor:

 

“...lo clave del concepto de género [en el marco del cual se debe entender la masculinidad] radica en que éste describe las verdaderas relaciones de poder entre hombres y mujeres y la interiorización de tales relaciones”[lvii]

 

Kaufman plantearía un concepto más dinámico de la construcción de la masculinidad, en la que los  hombres no son meros entes pasivos de los procesos socializadores. En efecto, si bien estos procesos aparecen teniendo un papel fuertemente condicionante, lo cierto es que en esta perspectiva los sujetos participan en la “adaptación” y “fortalecimiento” de las instituciones patriarcales, así como en su recreación. Para explicitar esta proceso, Kaufman ha propuesto el concepto de “gender work”; en sus propias palabras:

 

“La interiorización de las relaciones de género es un elemento de en la construcción de nuestras personalidades, es decir, la elaboración individual del género, y nuestros propios comportamientos contribuyen a fortalecer y adaptar las instituciones y estructuras sociales de tal manera que, consciente o inconscientemente, ayudamos a preservar los sistemas patriarcales. Estos procesos, considerados en su totalidad, constituye lo que yo llamo gender work de una sociedad”[lviii]

 

El proceso de construcción del género, y por lo tanto de las masculinidades, no podría ser una cuestión estática, algo en lo cual nos convertimos, pues existiría “un proceso activo” que lo crea y lo recrea de manera más o menos permanente de acuerdo a las relaciones cambiantes del poder de género y a las interacciones permanentes “con las estructuras del mundo que nos rodea”[lix]

 

Una tercera y última propuesta que nos interesa destacar en la línea de explicaciones es la de Pierre Bourdieu, quien parte de la crítica a las visiones parciales que tienden a explicar las relaciones de género privilegiando o lo simbólico o las condiciones materiales de vida[lx] –última vertiente en la que se inscribe Gilmore-.

 

Para la superación de estas visiones parciales, Bourdieu propone la conveniencia de “un análisis materialista de la economía de los bienes simbólicos”. Esta tarea sería emprendida en su libro La dominación masculina, con su “análisis etnográfico de las estructuras objetivas y de las formas cognitivas (...) de los bereberes de la Cabila” [lxi].

 

Su planteamiento nos aproxima significativamente a la forma en que son construidos socialmente los sexos a partir de la interacción entre “estructuras objetivas” y  “formas cognitivas”. Una de las claves de este planteamiento radicaría en que la división entre los sexos reside en la concordancia de aquello que pertenece al mundo de las cosas –es decir, “la conformación del ser”- y la forma de conocer. En la experiencia humana esto estaría a la base de la naturalización de la sociedad androcéntrica, y por lo tanto de la dominación masculina. En palabras de Bourdieu:

 

“La división entre los sexos parece estar «en el orden de las cosas», como se dice a veces para referirse a lo que es normal y natural, hasta el punto de ser inevitable: se presenta a un tiempo, en su estado objetivo, tanto en las cosas (en la casa por ejemplo, con todas sus partes «sexuadas»), como en el mundo social y, en estado incorporado, en los cuerpos y en los hábitos de sus agentes, que funcionan como sistemas de esquemas de percepciones, tanto de pensamiento como de acción”[lxii]

 

El orden social, funcionaría “como una inmensa maquinaria simbólica” que construye una realidad sexuada al depositar unos “principios de visión y de división sexuantes” sobre los cuerpos. En las diferencias biológicas, y particularmente en las diferencias anatómicas entre los órganos sexuales de los cuerpos masculino y femenino, aparecería la “justificación natural de la diferencia socialmente establecida entre los sexos, y en especial de la división sexual del trabajo[lxiii]

 

Es decir, y con clara distancia de los enfoques materialistas de corte funcionalistas, no son las necesidades de la reproducción social –o problemas básicos de subsistencia, para parafrasear a Gilmore-, las que determinarían la organización simbólica de la división sexual del trabajo y, progresivamente, de todo el orden natural y social:

 

“... más bien es una construcción arbitraria de lo biológico, y en especial del cuerpo, masculino y femenino, de sus costumbres y de sus funciones, en particular de la reproducción biológica, [la] que proporciona un fundamento aparentemente natural a la visión androcéntrica de la división de la actividad sexual y de la división sexual del trabajo y, a partir de ahí, de todo el cosmos[lxiv]

 

Las relaciones de dominación, al ser inscritas en la naturaleza biológica, es decir, al ser deshistorizadas, arrancadas de las condiciones sociales que las producen, adquieren legitimidad en tanto son presentada como “neutras”. Se trata de una construcción social naturalizada que adquiere una forma de causalidad circular gracias a que:

 

“...el principio de visión social constituye la diferencia anatómica y que esta diferencia social construida se convierte en el fundamento y en el garante de la apariencia natural de la visión social que la apoya”[lxv]

 

Entonces podríamos señalar siguiendo a Bourdieu, que es en la naturalización de lo social -que sirve para erigir principios de visión para la construcción sexualizada de lo anatómico-biológico-, en donde habría que buscar al menos parte de las bases sobre las cuáles se edifica socialmente la masculinidad –y por supuesto la feminidad- en sociedades androcéntricas.

 

Bourdieu, por otra parte, brinda una clara salida al círculo de la dominación masculina en el que Gilmore nos atrapa con su visión funcionalista. En este último planteamiento se desprende que por funcional a la sociedad, la masculinidad dominante es necesaria para resolver los problemas básicos de la reproducción del todo social de la mayoría de las sociedades conocidas (protección contra las amenazas externas al grupo, perpetuación de la especie y procura de condiciones materiales de subsistencia). Ello haría ineludible la dominación masculina. En Bourdieu, por el contrario, lejos de ser ineludible, la forma en que es construida la masculinidad resulta contingente, arbitraria, y por tanto modificable.

 

Parte sustancial de la distancia entre ambos enfoques es el estatus diferencial que es otorgado al cuerpo dentro de la lógica de análisis. Para Gilmore, las sociedades tienden a establezcan  segmentación sexual del trabajo a partir de lo anatómico como dato natural y no como una construcción sexuada de la realidad a partir de principios sociales de visión. En efecto, según Gilmore, para las tareas de la economía y el renacer:

 

“Por razones anatómicas u otras en la mayoría de las sociedades las mujeres se responsabilizan de la reproducción y los varones de la producción...”[lxvi]

 

Es precisamente entre esas “otras” razones, que el planteamiento que Gilmore no explica,  donde el análisis de Bourdieu nos situaría un paso adelante. No obstante, pareciera que todavía podríamos preguntarnos respecto de la fuerza explicativa de la contingencia o, en palabras de Bourdieu, de la arbitrariedad, como punto de partida determinante de la conformación de las relaciones de género y de los principios de visión.

 

Conclusiones

 

En nuestra óptica ¿qué balance preliminar nos dejaría este panorama respecto de la forma en que tiene origen la masculinidad? ¿Qué implicaciones tiene esta cuestión para avanzar en el desarrollo de nuevos estudios, esta vez para el medio centroamericano? De antemano debemos señalar que el panorama es muy diverso y que en algunos casos podrían intentarse mediaciones entre posiciones teóricas, mientras que en otros casos creemos que cualquier conciliación es imposible. Aquí nos interesa destacar sólo algunas de las opciones posibles.

 

Como hemos visto, las posturas más críticas han propuesto que la socialización o el gender work es el mecanismo cultural que construye un modelo homogenizante de identidad masculina que es lo que algunos han llamando “masculinidad hegemónica”. En este sentido, la socialización tiene un papel que es genético en tanto productor de identidades. En las perspectivas esencialistas de inspiración jungüeana, la socialización juega un papel inhibidor y no genético. También se podría decir, desde otro punto de vista, que las perspectivas críticas también sostendrían que la socialización es represora pero no de la homogeneidad-esencial, sino de las diversidades masculinas que surgen de experiencias de vida distintas, en contextos sociales igualmente distintos.

 

Por otra parte, los rituales, que para los esencialistas resultan liberadores de las energías masculinas, para nosotros podrían ser estudiados desde su papel opresor de la diferencia y, en clave de Gilmore, a partir de su función vital para la sociedad y, en cierta medida, para los hombres mismos.

 

Si bien autores como Bourdieu y Godelier y autoras como Meler han opuesto argumentos de peso en contra de los postulados materialistas de corte funcionalista, parecieran existir vacíos explicativos que los enfoques que privilegian el poder y el conflicto no logran explicar. Quizá la tarea consistiría en estudiar en que medida ciertas masculinidades se constituyen en artificios útiles para fines defensivos, a la vez que operan a partir de la opresión y la subordinación. Un ejemplo sin suficiente sustento empírico, pero suficientemente elocuente, nos lo brindan testimonios aislados de quienes en contextos barriales en donde operan pandillas, el alarde viril resulta fundamental para tratar de mantener a raya de posibles agresiones provenientes de otros hombres. Si tal alarde no resulta suficiente, entonces era necesario recurrir a la violencia en que los hombres eran socializados. La masculinidad en su medio era, sin duda, un instrumento defensivo y de sobrevivencia.

 

Por otro lado, contextos como el salvadoreño donde las mujeres estuvieron incorporadas a las filas de la guerrilla, brindan un contrapunto necesario de considerar: algunas mujeres jugarían un papel tanto defensivo como ofensivo contra las fuerzas del ejército, de cara a un ambiente de gran violencia. Cabría preguntarse en qué medida esto podría haber redefinido la posición relativa de los hombres al interior de la guerrilla.

 

Al menos tres cuestiones saltan a la vista de lo anotado hasta ahora. Primero que diferentes contextos pueden estar asociados a diferentes demostraciones de la virilidad debido precisamente a requerimientos y necesidades distintas. Un principio de heterogeneidad social debería, entonces, ir acompañado de un análisis comparativo que nos permita ver tanto aquello en que las identidades coinciden como en lo que se diferencian. El reto sería superar visiones funcionalistas que encierran a los sujetos en un círculo vicioso que justifica la dominación. Segundo, que esta heterogeneidad lleva considerar el conflicto no sólo atravesando macro categorías como las de clase y etnia, por ejemplo, sino que se encuentra a un nivel de mayor especificidad en las relaciones con otros hombres, aún aquellos de la misma clase o estrato social e, incluso, de la misma barriada o grupo de edad. En tercer lugar, es fundamental entender cómo en cada concreción histórica la masculinidad está asociada con la opresión de los proyectos de vida de las mujeres, pero aún más, si los procesos mediante los cuales se redefine la posición de las mujeres contribuyen a replantear la masculinidad.

 

En otras palabras, se trata de un análisis tanto intra como inter-genérico que tome en cuenta la articulación de la masculinidad respecto de cada contexto histórico. El análisis ligado a tales contextos es, quizá, el reto más interesante para un más adecuado entendimiento de la manera en que se gesta la masculinidad (¿o acaso habría que decir, las masculinidades?).

 

 

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[i] Sociólogo y politólogo. Actualmente cursa estudios doctorales en Historia por la Universidad de Costa Rica. Ha sido investigador del Instituto Nacional de las Mujeres y profesor de la UNED. Consultor e investigador independiente en temas de masculinidad. Miembro del Foro Permanente para el Estudios sobre Masculinidades.

[ii] A nuestro parecer los estudios sobre la masculinidad han tenido en los feminismos unos espoliadores decisivos de sus procesos reflexivos. En efecto, y si bien el común denominador de la producción de conocimiento de lo que algunas han denominado como “Historia de las Mujeres”, ha sido convertirlas “en el centro de la investigación, en sujetos de la historia, en agentes de narración”, lo cierto es que han cuestionado los supuestos de una sociedad pretendidamente neutra. Este “neutro”, a decir de Sanahuja (2002: 13) “es en realidad masculino y androcéntrico”. Esta y otras críticas feministas, obligan a repensar el lugar que en la ciencia, partícipe de las nociones androcéntricas, tenemos los hombres como objeto –y sujetos- de estudio. Por supuesto es imposible negar el surgimiento de intelectuales y grupos de hombres en torno a la reflexión sobre la masculinidad, ya sea desde una perspectiva vivencial o académica. En América, para citar sólo algunos ejemplos, se encuentran CORIAC, en México, White Ribbon Campaign, en Canadá, grupos dentro de CANTERA y Puntos de Encuentro en Nicaragua; el Foro Permanente de Estudios sobre Masculinidades (grupo mixto), WËM y otros grupos de hombres en Costa Rica.

[iii] Pérotin-Dumon, 2001: 3.

[iv] Siguiendo a Elizabeth Badinter (1993) este es el abordaje propuesto por los llamados  Men’s studies, los que al mismo tiempo niegan el papel fundamental de la biología.

[v] Badinter; 1993: 45-46. En esta perspectiva conservadora, como se imaginará, incluso se justifica la violación.

[vi] Monick; 1994: 14.

[vii] Monick; 1994:17. El autor advierte en la introducción a su libro que el “estudio es necesariamente personal”, sin duda refiriéndose a esta experiencia que es central en su argumentación. Señala que aunque había tratado de “escribir sicológicamente, sin integrar ningún componente personal” había “fracasado” en la tentativa. “La sicología [agrega] es la disciplina del alma, y el alma es siempre una visión personal” (Monick; 1994:15)

[viii] Monick; 1994: 18-19.

[ix] Monick: 1994: 18.

[x] Monick; 1994: 21.

[xi] Monick; 1994: 26.

[xii] Monick; 1994: 26.

[xiii] Monick; 1994: 21-22.

[xiv] Monick; 1994: 22 Según este autor, los hombres sólo exponen sus genitales “cuando el poder del secreto es demasiado fuerte como para ser contenido, cuando el dios exige expresión (Ídem)

[xv] Monick; 1994: 23.

[xvi] Moore y Gillette; 1993: 18.

[xvii] Menjívar Ochoa, Mauricio; 2004b.

[xviii] Kimmel; 1997: 52. Sin “suscribir las ideas psicoanalíticas de Freud”, Kimmel (1997: 56) ha desarrollado algunas ideas respecto de las implicaciones homoeróticas que devienen de la identificación con “nuestro opresor” (el padre). Según este autor “si en la etapa preedípica [el muchacho] se identifica con su madre, ve al mundo a través de los ojos de su madre. Así, cuando se confronta con su padre durante su gran crisis de la etapa edípica, experimenta una visión dividida: ve a su padre como su madre ve a su padre, con una combinación de temor, maravilla, terror y deseo”. Este deseo homoerótico debe ser “desechado como deseo femenino, en cuanto es el deseo por otros hombres”. Aquí, la homofobía tendría un importante peso en la supresión de este deseo “...para purificar todas las relaciones con otros hombres, con las mujeres, con los niños, y para asegurar que nadie pueda alguna vez confundirlo con un homosexual”.

[xix] Kimmel; 1997: 52-53

[xx] Kimmel; 1997: 53-54.

[xxi] Meler; 2000: 114.

[xxii] Meler; 2000: 114-115.

[xxiii] Meler; 2000: 115.

[xxiv] Meler; 2000: 116.

[xxv] Badinter; 1993: 60.

[xxvi] Badubter; 1993: 62

[xxvii] Badinter; 1993: 62

[xxviii] Badinter; 1993: 108.

[xxix] Badinter (1993: 112) se apura a señalar que si bien es cierto que las concepciones dualistas fueron de las peores armas del patriarcado en su enfrentamiento con las mujeres, habría que otorgarle importancia a la diferenciación “en la formación de la conciencia de identidad del niño. Negarlo [argumenta] implica arriesgarse a caer en la confusión sexual, que nunca ha sido propicia para la paz entre hombres y mujeres".

[xxx] La misoginia, se fundamente en la creencia de que las mujeres son inferiores a los hombres. Sobre este concepto ver Gioconda Batres; 1999: 11.

[xxxi] Lo socialmente conveniente considerado como masculino "está en el hecho de maniobras de defensa: miedo a las mujeres, miedo a parecer femeninos aunque sea manifestando ternura, pasividad o preocupación por los demás y, desde luego, miedo a ser deseado por otro hombre". Badinter (1999: 89) plantea a partir de lo anterior, siguiendo a Stoller, que las actitudes del hombre común sean "Ser rudo, escandaloso, beligerante; maltratar y convertir en a las mujeres en fetiches; buscar únicamente la amistad de los hombres pero odiar a los homosexuales; hablar groseramente; despreciar las ocupaciones de las mujeres. El primer deber de un hombres es: no ser mujer."

[xxxii] Badinter; 1980 55 y subs. Según Badinter es en “los oficios donde la mujer está directamente asociada al trabajo de su marido (...) donde le resulta más dificultoso conservar a sus hijos a su lado y criarlos”. La práctica de enviar a los hijos e hijas con las nodrizas es a los ojos de nuestro momento histórico, nada empática, no sólo por que les alejaba de las madres sino porque les sometía a una gran vulnerabilidad que frecuentemente les llevaba a la muerte. En la difusión del uso de la nodriza confluían circunstancias materiales que coaccionaban en tal sentido, la actitud de la comunidad para la cual el bienestar del niño era secundaria y a la que se le anteponían otras consideraciones, como la necesidad de hacer marchar la empresa familiar o “ayudar” al marido.

[xxxiii] Gilmore; 1994: 198-199.

[xxxiv] Meler; 2000: 113.

[xxxv] Gilmore; 1994: 219. Según este autor, los papeles varones como de mujeres tienden a reproducir las estructuras y no son un representan un camino de “autorrealización personal”.

[xxxvi] Gilmore; 1994: 219.

[xxxvii] Idem.

[xxxviii] Gilmore; 1994: 220-221.

[xxxix] Gilmore; 1994: 222.

[xl] Gilmore; 1994: 38-39.

[xli] Riso; 1998: 24.

[xlii] Meler; 2000: 72.

[xliii] Meler; 2000: 100.

[xliv] Gilmore; 1994: 34.

[xlv] Gilmore; 1994: 35.

[xlvi] En el caso costarricense una parte de este proceso de tematización pública del tema de la paternidad irresponsable, se encuentra en la aprobación de la ley en el año de 1991, así como en el proceso de construcción de los lineamientos y compromisos institucionales que darían pie a la política pública sobre la materia (ver Presidencia de la República 2001ª; 2001b y 2001c. También agencias internacionales han brindado fondos con diferentes finalidades: apoyo de la política, investigación y capacitación, tal es el caso del Fondo de las Naciones Unidas para la Población (ver Rivera y Ceciliano; 2003), la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (ver, por ejemplo, Rodríguez y Lázaro 2000) y la Agencia Canadiense para el Desarrollo Internacional (Gomáriz, y otras/os; 2002).

[xlvii] Menjívar Ochoa Mauricio; 2002, o ver Menjívar Ochoa, Mauricio; 2004a.

[xlviii] Meler; 2000: 105.

[xlix] Idem.

[l] Como ha planteado Sanahuja (2002: 31 y subs.), estas feministas desarrollaron la distinción entre sexo y género, donde se asociaba el sexo “a las categorías biológicas que permiten diferenciar a las mujeres de los hombres y el género a atributos psicológicos, actividades, roles y estatus sociales culturalmente vinculados a cada categoría sexual. Así, el género constituye un sistema de creencias, cuyo pivote es el principio de una determinación biológica”.

[li] Efectivamente existen variaciones sobre este aspecto, donde no sólo cuenta la genitalidad. Por ejemplo, para Kaufman (1997: 69) “La posibilidad de construir el género radica en dos realidades biológicas: la maleabilidad de los impulsos humanos y el largo período de dependencia infantil. Sobre esta estructura biológica puede operar un proceso social por cuanto este período de dependencia es vivido en sociedad”. Para otros como Marqués (1997) y Connell (1997) la anatomía es fundamental pues a partir de esta se erige el género, pero como señala este último, el género no se reduce al dato biológico.

[lii] Marqués; 1997: 18. Según este autor, en el modelaje operado en la socialización del varón se reprime “la afectividad y el interés por lo íntimo y doméstico y se les fomenta todo aquello que sirva para convertirse en sujeto pleno y exitoso en la vida social”  (20).

[liii] Marqués, 1997: 19. Cursivas en el original.

[liv] Marqués; 1997: 21

[lv] Marqués; 1997: 21

[lvi] Marqués; 1997: 22-23. Cursivas en el original.

[lvii] Kaufman; 1997: 66.

[lviii] Kaufman; 1997: 69. Cursivas en el original.

[lix] Kaufman; 1997: 70.

[lx] Bourdieu: 2000: 13.

[lxi] Bourdieu: 17. Bourdieu señala que su trabajo consistiría en un realizar un “socioanálisis del inconsciente androcéntrico” que logre objetivar las categorías de tal inconsciente

[lxii] Bourdieu: 2000: 21. Algunos de estos aspectos los hemos tratado ya en  Menjívar 2004b.

[lxiii] Bourdieu: 2000: 22.

[lxiv] Bourdieu: 2000: 37. Las cursivas son nuestras.

[lxv] Bourdieu: 2000: 24.

[lxvi] Gilmore; 1994: 219. Las cursivas son nuestras.