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Diálogos.
Revista electrónica de historia Vol. 3. No. 1. 31 Octubre del 2001 a 4 Febrero del 2002. |
MANIFIESTO
DE HISTORIA A DEBATE
Grupo hdebate
Después de ocho años de contactos, reflexiones y debates, a través
de congresos, encuestas y últimamente Internet, hemos sentido la urgencia de
explicitar y actualizar nuestra posición en diálogo crítico con otras
corrientes historiográficas, asimismo desarrolladas
en la última década del siglo XX: (1) el continuismo de los años 60-70, (2)
el posmodernismo, y (3) el retorno a la vieja historia, la última
“novedad” historiográfica.
Estamos viviendo una transición histórica e historiográfica de
resultados todavía inciertos. Historia a Debate como tendencia historiográfica
quiere contribuir a la configuración de un paradigma común y plural de los
historiadores del siglo XXI que
asegure para la historia y su escritura una nueva primavera.
A tal fin hemos elaborado 18 propuestas metodológicas, historiográficas
y epistemológicas, que presentamos a los historiadores y a las historiadoras
del mundo para su debate y, en su caso, adhesión crítica y posterior
desarrollo.
METODOLOGÍA
I
Ciencia con
sujeto
Ni la historia objetivista de Ranke, ni la historia subjetivista de la
posmodernidad: una ciencia con sujeto humano que descubre el pasado conforme
lo construye.
Tomar en consideración las dos subjetividades que influyen en nuestro
proceso de conocimiento, agentes históricos e historiadores, es la mejor
garantía de la objetividad de sus resultados, necesariamente relativos y
plurales, por lo tanto rigurosos.
Ha llegado la hora de que la historia ponga al día su concepto de
ciencia, abandonando el objetivismo ingenuo heredado del positivismo del siglo
XIX, sin caer en el radical subjetivismo resucitado por la corriente
posmoderna a finales del siglo XX.
La creciente confluencia entre las “dos culturas”, científica y
humanística, facilitará en el siglo que comienza la doble redefinición de
la historia, como ciencia social y como parte de las humanidades, que
necesitamos.
II
Nueva
erudición
Somos partidarios de una nueva erudición que amplíe el concepto de
fuente histórica a la documentación no estatal, a los restos no escritos de
tipo material, oral o iconográfico, a las no-fuentes: silencios, errores y
lagunas que el historiador y la historiadora ha de valorar procurando también
la objetividad en la pluralidad de las fuentes.
Una nueva erudición que se apoye con decisión en el conocimiento no
basado en fuentes que aporta el investigador. La historia se hace con ideas,
hipótesis, explicaciones e interpretaciones, que nos ayudan además a
construir/descubrir las fuentes.
Una nueva erudición que vaya más allá de la historiografia
renovadora de los años 60 y 70 incorporando la nueva relación con las
fuentes aportada por la historia de las mujeres, la historia oral, la historia
ecológica, la historia mundial/global y otras novedades productivas surgidas
o desarrolladas en los años 80 y 90, así como la “nueva historiografía”
que está naciendo en Internet y de la cual formamos parte.
Una nueva erudición que, reconociendo que el necesario trabajo empírico
no decide la verdad histórica más que a través de las comunidades de
historiadores, desenvuelva el debate y el consenso en ámbitos colectivos.
Una nueva erudición, en suma, que nos permita vencer el “giro
positivista” y conservador a que nos ha conducido, recientemente, la crisis
de las grandes escuelas historiográficas del pasado siglo, y que amenaza con
devolver a nuestra disciplina al siglo XIX.
III
Recuperar la
innovación
Urge un nuevo paradigma que recobre el prestigio académico y social de
la innovación en los métodos y de los temas, en las preguntas y en las
respuestas, en resumen, en la originalidad de las investigaciones históricas.
Una nueva historiografía que mire hacia adelante y que devuelva al oficio de
historiador el entusiasmo por la renovación y por los compromisos historiográficos.
Brotarán nuevas líneas de investigación si pensamos con nuestra
propia cabeza: considerando que nada histórico nos es ajeno; avanzando
mediante el mestizaje y la convergencia de los métodos y de los géneros;
llenando los odres viejos con vino nuevo, desde la biografía hasta
microhistoria; prestando atención a las
necesidades científicas y culturales, sociales y políticas, de una
sociedad sujeta a una profunda transformación.
La historiografía del siglo XXI precisa de la ilusión y de la
realidad de enfoques auténticamente innovadores si no quiere quedar
convertida, como la mujer de Lot, en una estatua de sal.
IV
Interdisciplina
La nueva historiografía que proponemos ha de acrecentar la
interdisciplinariedad de la historia, pero de manera equilibrada: hacia
adentro de la amplia y diversa comunidad de historiadores, reforzando la
unidad disciplinar y científica de la historia profesional; y hacia afuera,
extendiendo el campo de las alianzas más acá y más allá de las
ciencias sociales clásicas.
Es menester tender puentes que comuniquen el vasto
archipiélago en que se ha convertido nuestra disciplina en las últimas
décadas. Al mismo tiempo, la historia ha de intercambiar métodos,
técnicas y enfoques, además de con las ciencias sociales, con la
literatura y con la filosofía (de la historia y de la ciencia, sobre todo),
por el lado de las humanidades, y con las ciencias de la naturaleza, por el
lado de las ciencias. Sin olvidar las disciplinas emergentes que tratan de las
nuevas tecnologías y de su impacto transformador en la sociedad, la cultura,
la política y la comunicación.
Aprendiendo de experiencias pasadas, tres son los caminos que hay que
eludir, en nuestra opinión, para que la interdisciplinariedad enriquezca a la
historia: 1) perseguir una imposible “ciencia social unificada” alrededor
de cualquiera otra disciplina, sin menoscabo del máximo desarrollo
interdisciplinar tanto individual como colectivo; 2) hacer del diálogo
historia-ciencias sociales la receta mágica de la “crisis de la
historia”, que nosotros entendemos como cambio de paradigmas; 3) diluir la
historia en tal o cual disciplina exitosa, como nos proponen hoy en día los
narrativistas extremos en relación con la literatura.
V
Contra la
fragmentación
El fracaso de la “historia total” de los años 60 y 70 abrió la vía
a una fulgurante fragmentación de temas, métodos y escuelas, acompañada de
crecimiento y caos epistemológico, que pareció detenerse en los años 90 y
resulta cada vez más anacrónica en el mundo que viene, basado en la
interrelación y la comunicación global.
Nuestra alternativa es avanzar, en la práctica historiográfica,
nuevas formas de globalidad que hagan converger la investigación histórica
atravesando espacios, géneros y niveles de análisis.
Para hacer posible una historia a secas, integral, hay que
experimentar, pues, iniciativas de investigación que adopten lo global como
punto de partida, y no como “horizonte utópico”: líneas mixtas de
estudio en cuanto a fuentes y temas, métodos y especialidades; incorporación
a la historia general de los paradigmas especializados más innovadores;
combinar enfoques cualitativos y cuantitativos; articular temporalidades (que
engloben presente y futuro) y escalas diversas; escrutar la globalidad a través
de conceptos y métodos, aún potencialmente abarcantes, como mentalidad y
civilización, sociedad, red y cambio social, narración y comparación, y
crear otros nuevos; indagar la historia mundial como un nuevo frente de la
historia global; servirse de las nuevas tecnologías para trabajar a la vez
con escritos, voces e imágenes, juntando investigación y divulgación;
impulsar la reflexión y el debate, la metodología y la historiografía, como
terreno común a todas las especialidades históricas y punto de contacto con
otras disciplinas.
HISTORIOGRAFÍA
VI
Tarea
historiográfica
Sabiendo como sabemos que el sujeto influye en los resultados de la
investigación, se plantea la necesidad de indagar al propio historiador en
aras de la objetividad histórica. ¿Cómo? Procurando integrar los individuos
en grupos, escuelas y tendencias historiográficas, implícitas y explícitas,
que condicionan, se quiera o no, la evolución interna de la historia escrita.
Estudiando a los historiadores y a las historiadores por lo que hacen, no sólo
por lo que dicen; por su producción, no sólo por su discurso. Aplicando, con
matices, tres conceptos clave de la historia de la ciencia pospositivista: el
‘paradigma’ como conjunto de valores compartidos; la “revolución científica”
como ruptura y continuidad disciplinar; la ‘comunidad de especialistas’
por su poder decisorio, a su vez condicionada por el entorno social, mental y
político. Practicando, en conclusión, una historiografía inmediata que
procure ir por delante de los acontecimientos históricos que inciden en los
cambios historiográficos que estamos viviendo.
VII
Historiografía
global
El agotamiento de los focos nacionales de renovación del siglo XX ha
dado paso a una descentralización historiográfica inédita, impulsada por la
globalización de la información y del saber académico y superadora del
viejo eurocentrismo. La iniciativa historiográfica está hoy más al alcance
de todos. El auge, por ejemplo, de una historiografía latina crítica y de
una historiografía poscolonial, lo demuestran. Las comunidades
transnacionales de historiadores, organizadas en Internet, juegan ya un papel
importante en la formación de nuevos consensos en detrimento del anterior
sistema de dependencia de unas historiografías nacionales de otras y de
intercambios académicos elitistas, jerárquicos y lentos.
No entendemos la globalización historiográfica como un proceso
uniformador, pensamos y ejercemos la historia, y la historia de la historia,
como docentes e investigadores, en diferentes ámbitos superpuestos e
interrelacionados: local, regional, nacional, continental e
internacional/global.
VIII
Autonomía
del historiador
Conforme los proyectos colectivos del siglo XX fueron entrando en
decadencia, sin ser todavía reemplazados por un nuevo paradigma común, ha
crecido de manera exagerada la influencia del mercado editorial, de los
grandes medios de comunicación y de las instituciones políticas, en la
escritura de la historia, en la elección de temas y métodos, en la formulación
de hipótesis y conclusiones, con un sentido cada vez más evidente de promoción
de la vieja historia de los “grandes hombres”.
Recuperar la autonomía crítica de los historiadores y de las
historiadoras respecto de los poderes establecidos para decidir
el cómo, el qué y el por qué de la investigación histórica nos
exige: reconstruir tendencias, asociaciones y comunidades que giren sobre
proyectos historiográficos, más allá de
las convencionales áreas académicas; utilizar Internet como medio democrático
y alternativo de comunicación, publicación y difusión de propuestas e
investigaciones; observar la evolución de la historia inmediata, sin caer en
el presentismo, para captar las necesidades historiográficas, presentes y
futuras, de la sociedad civil local y global.
IX
Reconocer
tendencias
La vía más nociva para imponer la propia tendencia historiográfica,
normalmente conservadora, es negar que existan o que deban existir tendencias
historiográficas. El imaginario individualista, los compartimentos académicos
y las fronteras nacionales, ocultan lo que tenemos de común, muchas veces sin
saberlo o sin decirlo: por formación, lecturas, filiaciones y actitudes.
Somos partidarios y partidarias, en consecuencia, de sacar a la luz las
tendencias actuantes, más o menos latentes, más o menos organizadas, para
clarificar posiciones, delimitar debates y facilitar consensos. Una disciplina
académica sin tendencias, discusión y autoreflexión, está sujeta a
presiones extra-académicas, con frecuencia negativas para su desarrollo. El
compromiso historiográfico consciente nos hace, por lo tanto, libres frente a
terceros, rompe el aislamiento personal, corporativo y local, favorece el
reconocimiento público y la utilidad científica y social de nuestro trabajo
profesional.
X
Herencia
recibida
Nos oponemos a hacer tabla rasa de la historia y de la historiografía
del siglo XX. El reciente retorno de la historia del siglo XIX hace útil y
conveniente rememorar la crítica de que fue objeto por parte de Annales, el marxismo y el neopositivismo, aunque justo es reconocer
también que dicho “gran retorno” pone en evidencia el fracaso parcial de
la revolución historiográfica del siglo XX que dichas tendencias
protagonizaron. El imprescindible balance, crítico y autocrítico, de las
vanguardias historiográficas no anula, por consiguiente, su actualidad como
tradiciones necesarias para la construcción del nuevo paradigma. Porque
simbolizan el “espíritu de escuela” y la militancia historiográfica, así
como el ejemplo de una historia profesional abierta a lo nuevo y al compromiso
social, rasgos primordiales que habremos de recuperar ahora
en otro contexto académico, social y político, con unos medios de
comunicación muy superiores a los existentes en los años 60 y 70 del ya
pasado siglo.
XI
Historiografía
digital
Las nuevas tecnologías están revolucionando el acceso a la bibliografía
y a las fuentes de la historia; desbordando las limitaciones del papel para la
investigación y la publicación; posibilitando nuevas comunidades globales de
historiadores. Internet es una poderosa herramienta contra la fragmentación
del saber histórico si se utiliza de acuerdo con su identidad y
posibilidades, esto es, como un forma interactiva de transmitir información
instantánea de manera horizontal a una gran parte del mundo.
Según nuestro criterio, la historiografía digital ha de seguir siendo
complementada con libros y demás formas convencionales de investigación,
difusión e intercambio académicos, y viceversa. Este nuevo paradigma de la
comunicación social no va a reemplazar, en consecuencia, las actividades
presenciales y sus instituciones seculares, pero formará parte de una
manera creciente de la vida académica y social real.
La generalización de Internet en el mundo universitario, y en el
conjunto de la sociedad, así como la educación informática de los más jóvenes
irán imponiendo esta nueva historiografía como factor relevante de la
inacabada transición paradigmática entre el siglo XX y el siglo XXI.
XII
Relevo
generacional
En la segunda década de este siglo tendrá lugar un considerable
relevo generacional en el cuadro de profesores e investigadores a causa de la
jubilación de los nacidos después de la II Guerra Mundial. ¿Supondrá esta
transición demográfica la consolidación de
un cambio avanzado de paradigmas?
No lo podemos asegurar.
La generación del 68 fue más bien una excepción. Entre los
estudiantes universitarios actuales contemplamos parecida heterogeneidad
historiográfica e ideológica que el resto de la academia y de la sociedad.
Podemos encontrarnos con historiadores
e historiadoras mayores que siguen siendo renovadores, y jóvenes con
conceptos decimonónicos del oficio de historiador y de su relación con la
sociedad. Nuestra responsabilidad como formadores de estudiantes que serán mañana
profesores e investigadores es, a este respecto, capital. Nunca fue tan
crucial continuar explicando la historia con enfoques avanzados -también por
su autocrítica- desde la enseñanza primaria y secundaria hasta los cursos de
posgrado. La historia futura estará condicionada por la educación que
reciben aquí y ahora los historiadores futuros: nuestros alumnos.
TEORÍA
XIII
Historia
pensada
Es esencial para el historiador pensar el tema, las fuentes y los métodos,
las preguntas y las respuestas, el interés social y las implicaciones teóricas,
las conclusiones y las consecuencias, de una investigación.
Somos contrarios a una “división del trabajo” según la cual la
historia provee de datos y otras disciplinas reflexionan sobre ellos (o
escriben relatos de amplia difusión). Las comunidades de historiadores
profesionales tienen que asumir su responsabilidad intelectual tratando de
completar el ciclo de los estudios históricos, desde el trabajo de archivo
hasta la valoración y reivindicación de su impacto en las ciencias sociales
y humanas, en la sociedad y en la política.
El aprendizaje de los estudiantes universitarios de historia en
cuestiones de metodología, historiografía, filosofía de la historia y otras
disciplinas con base teórica, es el camino para elevar la creatividad futura
de las investigaciones históricas, subrayar el lugar de la historia en el
sistema científico y cultural y fomentar nuevas y buenas vocaciones
historiográficas.
Nuestra meta es que el historiador que reflexione intelectualmente haga
trabajo empírico, y que el historiador que investiga con datos concretos
piense con alguna profundidad sobre lo que hace, obviando así la fatal
disyuntiva de una práctica (positivista) sin teoría o de una teoría
(especulativa) sin práctica. Una mayor unidad de la teoría y la práctica
hará factible, por lo demás, una mayor coherencia de los historiadores y de
las historiadoras, individual y colectivamente, entre lo se dice, historiográficamente,
y lo que se hace, empíricamente.
XIV
Fines de la
historia
La aceleración histórica de la última década ha reemplazado el
debate sobre el “fin de la historia” por el debate sobre los “fines de
la historia”.
Asumiendo que la historia no tiene metas pre-establecidas y que, en
1989, dio comienzo un profundo viraje histórico, cabe preguntarse, también
desde la historia académica, adónde nos lleva éste, quién lo conduce, en
favor de qué intereses y cuáles son las alternativas.
El futuro está abierto. Es responsabilidad de los historiadores y de
las historiadoras ayudar a que los sujetos de la historia
construyan mundos futuros que garanticen una vida libre y pacífica,
plena y creativa, a los hombres y mujeres de todas las razas y naciones.
Las comunidades de historiadores han de contribuir pues a construir una
“nueva Ilustración” que, aprendiendo de los errores de la historia y de
la filosofía, piense teóricamente sobre el sentido del progreso que hoy
demanda la sociedad, asegurando a las grandes mayorías del Norte y del Sur,
del Este y Oeste, el disfrute humano y ecológico de los avances
revolucionarios de la medicina, la biología, la tecnología y las
comunicaciones.
SOCIEDAD
XV
Reivindicar
la historia
El primer compromiso político de los historiadores debería ser reivindicar, ante la sociedad y el poder, la función ética
de la historia, de las humanidades y de las ciencias sociales, en la educación
de los ciudadanos y en la formación de las conciencias comunitarias.
La historia profesional ha de combatir aquellas concepciones
provincianas y neoliberales que todavía pretenden confrontar técnica con
cultura, economía con sociedad, presente con pasado, pasado con futuro.
Los efectos más notorios de las políticas públicas de desvaloración
social de la historia son la falta de salidas profesionales, el descenso de
las vocaciones y los obstáculos a la continuidad generacional. Las
comunidades de historiadores debemos aceptar
como propios los problemas laborales de los jóvenes que estudian y
quieren ser historiadores, cooperando en la búsqueda de unas soluciones que
pasan por la revalorización del oficio de historiador y de sus condiciones de
trabajo y de vida, en el marco de la defensa y desarrollo de la función pública
de la educación, la universidad y la investigación.
XVI
Compromiso
En tiempos de paradójicos “retornos”, queremos constatar y alentar
la “vuelta al compromiso” de numerosos académicos, también historiadores,
en diversos lugares del mundo con las causas sociales y políticas vinculadas a
la defensa de valores universales de educación y salud, justicia e igualdad,
paz y democracia. Actitudes solidarias indispensables para contrarrestar otros
compromisos académicos con los grandes poderes económicos y políticos, mediáticos
y editoriales. Contrapeso vital, por lo tanto, para conjurar una virtual escisión
de la escritura académica de la historia respecto de las mayorías sociales que
financian con sus impuestos nuestra actividad docente e investigadora.
El nuevo compromiso que preconizamos es diverso, crítico y con anhelos
de futuro. El historiador y la historiadora han de combatir, desde la verdad que
conocemos, aquellos mitos que manipulan la historia y fomentan el racismo, la
intolerancia y la explotación de clase, género, etnia.
Resistiendo, desde el conocimiento del pasado, los futuros indeseables.
Cooperando, y rivalizando, con otros científicos sociales y humanistas, en la
construcción de mundos históricamente mejores, como profesionales de la
historia, pero también como ciudadanos.
La relación del historiador con la realidad que nos rodea pasa por su análisis
en un contexto temporal continuo. Si se acepta que la objetividad de la ciencia
de la historia es inseparable de la subjetividad (plural) del
historiador, debemos concluir que no existen grandes diferencias
cualitativas entre una historia inmediata y una historia mediata, entre una
historia más contemporánea y una historia más antigua. Todo es historia, si
bien cuando más nos distanciamos de lo actual mayor es la carga que recae sobre
nosotros, historiadores, por ausencia de las
disciplinas más presentistas.
XVII
Presente y
futuro
Nuestro objeto de estudio (hombres, mujeres y medio natural humanizado)
está evidentemente en el pasado, pero nosotros estamos en el presente, y estos
presentes están preñados de futuros. El historiador no puede escribir con
rigor la historia al margen del tiempo vivido, y de su fluir permanente.
Contemplamos varios niveles en la relación del historiador con la
inmediatez histórica: compromiso social y político, tema de investigación,
historiografía de intervención o criterio metodológico general para la
investigación. Hace medio siglo que los fundadores de la escuela de Annales
lo formularon: “comprender el pasado por el presente, comprender el presente
por el pasado”. Hoy es preciso, además, poner el mismo énfasis en la
interrelación pasado/futuro.
La caída de la filosofías finalistas de la historia, sean socialistas
sean capitalistas, ha puesto de relieve un futuro más abierto que nunca. El
historiador ha de asumir un papel en su definición con sus experiencias y
argumentos históricos, con hipótesis y apuestas desde la historia. Edificar el
futuro sin contar con la historia nos condenaría a repetir sus errores, a
resignarnos con el mal menor o a edificar castillos en el aire.
XVIII
Nuevo
paradigma
La historiografía depende de los historiadores y de la historia
inmediata. El cambio de paradigmas historiográficos que venimos proponiendo,
desde 1993, cabalga sobre los cambios históricos acelerados iniciados en 1989.
Entre diciembre de 1999 (Seattle) y
julio de 2001 (Génova) hemos observado los comienzos de un movimiento global sin precedentes, contra los estragos de la
globalización, que busca ya alternativas de sociedad: el pensamiento único es
ahora menos único. Son muchos los que califican de cambio de civilización la
globalización y sus críticos, la sociedad de la información, la nueva
revolución científico-tecnológica y el movimiento social global: no es fácil
entrever lo que nos depara el mañana pero hay razones para la esperanza. Todos
debemos colaborar.
Historia a Debate es parte activa de este proceso transformador: queremos
cambiar la historia que se escribe y coadyuvar a cambiar la historia humana. Según
evolucione el debate historiográfico, y la historia más inmediata, nuestras
propuestas recibirán más o menos consenso académico, las variaremos o no según
interese, si bien hay planteamientos que, aun siendo por el momento
minoritarios, nos parecen ineludibles para condicionar críticamente el nuevo
paradigma en formación: el conjunto plural de valores y creencias que va a
regular nuestra profesión de historiador en el nuevo siglo. Por todo ello, la
historia nos absolverá, esperemos.
En la Red a 11 de setiembre de 2001
Han elaborado este Manifiesto historiográfico y
son sus primeros firmantes:
Carlos
Barros, Universidad de Santiago de
Compostela, España.
Jérôme
Baschet, École
des Hautes Études en Sciences Sociales, París,
Francia, y Universidad Autónoma de Chiapas, San Cristóbal de las Casas, México.
Boris
Berenzon,
Universidad Nacional Autónoma de México,
México D. F.
Micheline
Cariño,
Universidad Autónoma de Baja California Sur La Paz, México.
Francisca
Colomer, Instituto de Enseñanza Secundaria, Murcia, España.
Amelia
Galetti, Instituto de Enseñanza Superior, Paraná, Argentina.
Sergio
Guerra, Universidad de La Habana, Cuba.
Elpidio
Laguna, University of Rutgers, Newark, New Jersey, USA
Germán
Navarro, Universidad de Zaragoza, España.
Gonzalo
Pasamar, Universidad de Zaragoza, España.
Juan Paz y
Miño, Pontificia Universidad Católica,
Quito, Ecuador.
Eugenio Piñero,
University of Wisconsin, Eau Claire, USA.
Norma de los Ríos, Universidad Nacional Autónoma
de México Mexico D. F.
Reinaldo Rojas, Universidad
Pedagógica Experimental Libertador Barquisimento, Venezuela.
José Javier Ruiz Ibáñez, Universidad de Murcia,
España.
Israel Sanmartín, Instituto Padre Sarmiento,
Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Santiago, España.
Juan Manuel Santana, Universidad de Las Palmas de
Gran Canaria, España.
Cristina Segura, Universidad Complutense, Madrid,
España.
Miguel Somoza, Universidad Nacional de Educación a
Distancia, Madrid, España.
Guillermo Turner, Dirección de Estudios Históricos,
Instituto Nacional de Antropología e Historia, México D. F.
Luz Varela, Universidad de Los Andes, Mérida,
Venezuela.
Francisco Vázquez, Universidad de Cádiz, España.
Jose Giraldo Vinci de Moraes, Universidade Estadual
Paulista Sâo Paulo, Brasil.
NOTA: Si deseas suscribir este Manifiesto y/o opinar, criticar, sugerir cuestiones relativas a su contenido, difusión y desarrollo escríbenos a
Historia a Debate
Apartado 26
15702 Santiago de Compostela
España
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